Arturo Pavón: un piano dentro del flamenco

Creció entre voces que hoy forman parte de la historia del cante, se casó con Luisa Ortega, hija de Manolo Caracol, y acabó encontrando su sitio delante de un instrumento que todavía despertaba recelos entre los aficionados. Arturo Pavón no llegó al flamenco desde fuera: lo llevaba en casa. Quizá por eso pudo permitirse el riesgo de llevarlo a otro lugar.

Hay familias en las que la música se aprende antes de saber que se está aprendiendo. En casa de Arturo Pavón el flamenco no era una afición de los domingos ni una conversación reservada para especialistas. Era algo cotidiano, una forma de escuchar, de recordar, de discutir y también de entender a los demás.

Arturo Pavón Sánchez nació en Sevilla en 1930. Su padre, Arturo Pavón Cruz, era cantaor; su tía era Pastora Pavón, La Niña de los Peines, y su tío Tomás Pavón, uno de esos artistas cuya importancia resulta mucho mayor de lo que su popularidad masiva llegó a ser. Crecer cerca de ellos significaba convivir con el cante desde dentro, no desde una discografía que pudiera estudiarse años después.

Sin embargo, Arturo no eligió seguir exactamente aquel camino.

Su voz acabaría apareciendo de otra manera.

A través del piano.

Dos formas de aprender música

Arturo estudió en el Conservatorio de Sevilla y recibió una formación académica que podía parecer muy alejada del ambiente flamenco de su familia. Allí estaban la lectura musical, la armonía, la disciplina técnica y todo aquello que exige un instrumento como el piano.

Pero después volvía a casa.

Y allí encontraba otra enseñanza.

La de escuchar cómo se hablaba de una soleá antigua, cómo alguien recordaba una forma de cantar atribuida a determinado maestro o cómo una misma letra podía adquirir otro sentido dependiendo de quién la interpretara.

Probablemente esa mezcla fue decisiva.

No era un pianista clásico que un día decidiera interesarse por el flamenco como posibilidad estética. Tampoco era un flamenco que se sentara ante un piano simplemente por curiosidad. Había conocido ambos lenguajes desde muy joven y necesitaba encontrar una manera de hacerlos convivir.

Además, también conocía la guitarra. Y eso se nota cuando se escucha su forma de acompañar.

El piano de Arturo Pavón no intenta imponerse al cantaor. Escucha, espera, sostiene y responde. En muchos momentos se percibe detrás del teclado una mentalidad muy cercana a la guitarra flamenca.

Sentarse al piano cuando el piano todavía resultaba extraño

Hoy el piano forma parte del paisaje flamenco con una naturalidad que hace difícil imaginar lo extraño que pudo parecer durante años. El género tenía ya una relación íntima con la guitarra y no existía demasiada tradición que explicara qué debía hacer exactamente un pianista cuando se encontraba delante de un cantaor.

Arturo Pavón tuvo que descubrirlo trabajando.

En 1949 apareció en el Teatro Calderón de Madrid interpretando música flamenca al piano. Era joven y estaba explorando un territorio todavía poco definido. El riesgo era considerable, porque el instrumento podía convertir fácilmente el flamenco en algo demasiado ornamental, demasiado cercano al repertorio españolista de salón.

Él buscó otro camino.

No pretendía disfrazar el piano de guitarra, sino comprender qué podía aportar sin romper aquello que daba sentido al cante.

El problema no era tocar notas flamencas.

El problema era tener compás.

Y sobre todo saber acompañar.

Luisa Ortega y una familia todavía más grande

En 1954 Arturo Pavón se casó con Luisa Ortega, hija de Manolo Caracol.

Es fácil quedarse únicamente con la anécdota genealógica: el sobrino de La Niña de los Peines convertido en yerno de Manolo Caracol. Pero la relación tuvo consecuencias artísticas mucho más importantes.

Arturo pasó a convivir estrechamente con un cantaor de una personalidad enorme, imprevisible y muy poco dispuesto a aceptar que el flamenco tuviera que permanecer encerrado en una única forma.

Caracol entendía el espectáculo de una manera amplia. Le interesaban la zambra, el teatro, las orquestaciones, la puesta en escena y una intensidad dramática que podía llevar el cante a terrenos diferentes de los defendidos por otras escuelas.

En ese universo, el piano de Arturo encontró espacio.

No como una rareza.

Como una posibilidad.

Acompañar a Caracol sin estorbar a Caracol

Acompañar a Manolo Caracol no debía de ser sencillo.

Su cante necesitaba libertad. Era una voz capaz de adelantarse, detenerse, ensanchar un tercio o convertir una frase aparentemente sencilla en algo profundamente personal. Un acompañamiento excesivamente rígido podía asfixiarlo.

Arturo aprendió a moverse alrededor de esa voz.

El piano podía ampliar el clima armónico, introducir tensión o acompañar determinadas zambras con una riqueza sonora que la guitarra, por su propia naturaleza, construía de otra manera.

Pero el protagonista seguía siendo el cante.

Eso parece evidente, aunque conseguirlo exige mucha más inteligencia musical de la que puede apreciarse en una primera escucha.

En las colaboraciones con Caracol, Arturo encontró seguramente uno de los espacios donde mejor pudo desarrollar un lenguaje propio. Había una relación familiar, pero también una relación artística basada en la confianza.

Y esa confianza permitía probar cosas.

Los Canasteros y las noches de Madrid

Cuando Manolo Caracol abrió Los Canasteros en Madrid, aquel tablao se convirtió en uno de los lugares emblemáticos de la noche flamenca. Por allí pasaron artistas, aficionados, actores, toreros y visitantes atraídos por un ambiente que mezclaba tradición y espectáculo.

Arturo Pavón formó parte de aquella historia.

El piano en un tablao no era precisamente el instrumento más habitual. Sin embargo, allí dejó de resultar extraño. Formaba parte de la sonoridad de la casa, especialmente en aquellas zambras y números donde Caracol buscaba una atmósfera más amplia.

Seguramente hubo aficionados a los que aquello les pareció una herejía.

Eso también forma parte de la historia.

El flamenco siempre ha convivido con discusiones acerca de lo que puede o no puede hacerse. Lo curioso es que muchas cosas que provocan rechazo en una generación acaban pareciendo completamente normales en la siguiente.

Arturo Pavón vivió esa transición.

No era sólo el pianista de Caracol

Su proximidad a Manolo Caracol ayudó a darle visibilidad, pero también ha provocado que a veces su figura quede demasiado reducida a aquella relación.

Arturo era compositor, arreglista y músico con una formación mucho más amplia.

Trabajó repertorios propios, realizó adaptaciones y exploró formas diferentes de trasladar al teclado los lenguajes del flamenco. Su conocimiento de la música académica le permitía utilizar recursos armónicos más amplios, pero lo importante era que nunca parecía olvidar lo que había escuchado desde niño.

Ahí está una de las claves de su estilo.

Podía saber mucha música sin necesidad de demostrarlo a cada compás.

La formación debía servir para sostener la emoción, no para desplazarla.

Y eso distingue a un músico inteligente de uno simplemente virtuoso.

El peso de los apellidos

Debió de ser complicado llevar los apellidos que llevaba.

Cuando alrededor aparecen nombres como Pastora Pavón, Tomás Pavón o Manolo Caracol, resulta casi inevitable que cualquier trabajo propio sea comparado continuamente con ellos.

Arturo pudo haber intentado imitarlos.

No lo hizo.

Eligió un instrumento diferente y encontró una función distinta dentro de la familia.

No fue el cantaor que continuó la voz de los Pavón ni trató de convertirse en una versión pianística de Caracol. Su aportación tuvo precisamente valor porque fue personal.

En cierto modo, encontró la forma más inteligente de convivir con una herencia enorme: no competir con ella.

La convirtió en materia de trabajo.

Una historia que continuó en casa

Con Luisa Ortega tuvo tres hijas: Soraya, Salomé y Jordana, que también desarrollaron distintas relaciones con el baile, el cante y el espectáculo.

La música siguió formando parte de la familia.

Arturo volvió a acompañar y trabajar en proyectos vinculados a ellas, prolongando una cadena artística que resulta casi difícil de separar de la historia general del flamenco del siglo XX.

Pero detrás de tantos apellidos importantes había también algo mucho más sencillo.

Una familia.

Ensayos.

Viajes.

Escenarios.

Conversaciones en casa.

Probablemente discusiones musicales.

Y una vida que, como ocurre tantas veces entre los artistas, no siempre podía separarse con facilidad del trabajo.

Ese lado cotidiano ayuda a entender mejor a Arturo.

No era únicamente “el yerno de Caracol” o “el sobrino de La Niña de los Peines”.

Era un músico que había vivido desde pequeño rodeado de flamenco y había buscado su manera particular de permanecer dentro de él.

Lo que quedó después

Arturo Pavón murió en Madrid en 2005.

Para entonces el piano flamenco había recorrido un camino enorme. Nuevos intérpretes habían llevado el instrumento hacia lenguajes armónicos y rítmicos mucho más complejos, y su presencia ya no provocaba el desconcierto que pudo generar décadas antes.

Ese cambio hace que el trabajo de Arturo pueda parecer menos revolucionario hoy de lo que realmente fue.

Pero precisamente ahí suele encontrarse la medida de los pioneros.

Cuando una innovación consigue integrarse completamente, dejamos de recordar que alguna vez resultó extraña.

Él ayudó a normalizar la idea de que un piano podía acompañar un cante, entrar en una zambra y respirar dentro del flamenco sin necesidad de pedir disculpas por estar allí.

Un músico entre voces enormes

Quizá la imagen más justa de Arturo Pavón sea la de un hombre sentado al piano mientras alrededor resuenan nombres gigantescos.

Pastora, Tomás, Caracol, Luisa Ortega.

Podría parecer que entre tantas voces resultaba difícil encontrar espacio.

Y, sin embargo, lo encontró.

No levantando más la voz que los demás, sino escuchando.

Su aportación nació precisamente de ahí: de conocer suficientemente el cante como para saber que un instrumento nuevo sólo podía entrar en él si aprendía primero a respetar sus silencios, sus respiraciones y su compás.

Arturo Pavón no necesitó romper con la tradición para ser moderno. Hizo algo mucho más interesante: tomó todo lo que había escuchado desde niño, lo llevó hasta el piano y dejó que aquellas teclas encontraran poco a poco su propio acento. Al final, cuando el instrumento comenzó a sonar flamenco sin parecer una imitación de la guitarra, el camino ya estaba abierto.