José Manuel Ruiz Rosa fue cantaor, guitarrista, compositor y un artista difícil de encerrar en una sola corriente. Nacido en El Perchel en 1953 y fallecido prematuramente en 1997, dejó una obra de enorme personalidad cuya dimensión comenzó a reconocerse, paradójicamente, cuando él ya no estaba.

En la historia del flamenco existen artistas cuyo nombre ha terminado ocupando el lugar que merecía y otros que permanecen en una zona mucho más injusta: conocidos por los buenos aficionados, admirados por músicos importantes, citados por quienes compartieron escenario con ellos, pero todavía insuficientemente presentes cuando se reconstruye la evolución del género. El Chino de Málaga pertenece a ese segundo grupo.

José Manuel Ruiz Rosa nació en 1953 en la calle La Puente, en el barrio malagueño del Perchel, uno de esos territorios donde el flamenco no necesitaba una academia porque estaba presente en las casas, las reuniones y la propia vida del barrio. Allí habían surgido nombres como La Pirula, La Repompa, La Cañeta o Pepito Vargas, y aquel entorno dejó una huella profunda en su manera de entender especialmente los tangos, las bulerías y otros cantes rítmicos. Instituciones malagueñas continúan estudiando hoy su figura precisamente por su aportación al flamenco y por su estrecha vinculación con aquella tradición perchelera.

Criarse donde el flamenco formaba parte de la familia

Su aprendizaje tampoco comenzó desde fuera. Las fuentes coinciden en señalar que creció dentro de un ambiente profundamente musical: su madre, Blanca Rosas, cantaba; su padre, conocido como Chiquito del Perchel, también estaba relacionado con el cante, y su padre adoptivo, Juan el Africano, fue guitarrista y una figura fundamental en su formación. Con él aprendió un instrumento que terminaría convirtiéndose en otra de las dimensiones menos conocidas de su personalidad artística. 

El Chino no era, por tanto, un cantaor que utilizaba la guitarra únicamente como apoyo. Comprendía el cante también desde las seis cuerdas. Esa doble condición ayuda a explicar su extraordinario sentido rítmico, la libertad con la que podía moverse dentro del compás y su facilidad para concebir el flamenco como una música susceptible de ser escrita, transformada y desarrollada.

Con apenas catorce años ya aparece actuando profesionalmente en Madrid, mientras continuaba formándose como guitarrista. Su juventud transcurrió entre tablaos, fiestas y escenarios de distintas ciudades españolas, adquiriendo un conocimiento práctico que sería determinante para construir una personalidad alejada de los moldes demasiado rígidos.

Tradición, sí; inmovilidad, nunca

Resulta especialmente interesante observar a El Chino desde la perspectiva actual porque su forma de entender el flamenco anticipaba algunas discusiones que todavía continúan abiertas.

Conocía el repertorio tradicional y podía interpretar soleares, tangos, bulerías, alegrías, malagueñas o cantes de Levante, pero eso no significaba que quisiera limitarse a reproducirlos exactamente como los había recibido. Su personalidad buscaba otros colores, estructuras y acompañamientos sin abandonar el compás.

Esa inquietud quedó especialmente clara cuando en 1978 fundó Arte-4. El grupo dejó trabajos como Sol de cada mañana y posteriormente Leyes gitanas, adentrándose en una sonoridad donde el flamenco convivía con planteamientos más próximos a las nuevas músicas urbanas que entonces estaban surgiendo alrededor de formaciones como Las Grecas, Los Chichos o el llamado sonido de Caño Roto. Diversos estudios sobre su obra consideran aquella etapa una muestra temprana de su voluntad de experimentar. 

No era abandonar el flamenco.

Era preguntarse qué más podía hacerse con él.

Un compositor detrás de otras voces

Una de las facetas que más ayudan a comprender la verdadera dimensión de El Chino es precisamente la de compositor y letrista.

Su nombre aparece relacionado con repertorio posteriormente interpretado o grabado por artistas como Camarón de la Isla, Remedios Amaya, Aurora Vargas o Morenito de Íllora. Algunas fuentes especializadas amplían incluso esa nómina y destacan la importancia de sus letras dentro de círculos flamencos donde muchas composiciones viajaban de unos artistas a otros con mucha más facilidad de la que permiten reconstruir hoy los registros discográficos. 

Su cercanía al universo de Camarón resulta particularmente significativa. Los estudios dedicados a su obra señalan conexiones entre determinadas letras y pasajes cantados por el artista de San Fernando, y existe constancia de la presencia de El Chino en el ambiente creativo que rodeó algunas de aquellas grabaciones.

Conviene, sin embargo, no convertir esas relaciones en una competición absurda sobre quién influyó a quién. Lo importante es otra cosa: El Chino estaba dentro de uno de los momentos creativamente más fértiles del flamenco contemporáneo y era respetado por quienes estaban transformándolo.

Venezuela y el regreso

Después de la experiencia de Arte-4, su trayectoria tomó un camino poco habitual. Se trasladó a Venezuela inicialmente mediante un contrato vinculado al cuadro de La Polaca y terminó permaneciendo allí varios años, hasta mediados de los ochenta. Tras regresar a España se instaló durante una etapa en Linares antes de volver definitivamente a Málaga a comienzos de los noventa. 

Aquellos años lejos de su ciudad no borraron el Perchel de su cante. Al contrario, cuando volvió a Málaga ya era un artista maduro que podía enfrentarse tanto al formato tradicional de cantaor y guitarra como a propuestas instrumentales de mayor amplitud.

Y entonces llegó una de las confirmaciones públicas más importantes de su trayectoria.

El reconocimiento de Córdoba

En 1995 consiguió el Premio Enrique El Mellizo del Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, distinción vinculada a tangos y alegrías. Las fuentes biográficas destacan que fue el primer artista no gaditano en conseguir aquel reconocimiento. 

El premio no creó a El Chino.

Pero sí permitió que muchos empezaran a mirar con mayor atención a un artista que llevaba décadas construyendo su propio lenguaje.

Era una paradoja frecuente en su carrera: quienes estaban cerca conocían perfectamente su capacidad, pero el gran reconocimiento público siempre parecía llegar un poco más tarde de lo debido.

«Vieja Letanía»: el disco que permite entenderlo

En 1996 apareció Vieja Letanía, probablemente el mejor punto de entrada para quien quiera descubrir hoy a El Chino de Málaga. El disco reunió tanguillos, soleares, bulerías, malagueña, taranta, minera, alegrías, tangos y una denominada soleá perchelera, convirtiéndose casi en una declaración de principios sobre su forma de entender el cante. 

La nómina de colaboradores ayuda también a comprender el respeto que despertaba entre sus compañeros. En aquellas sesiones aparecen guitarristas como Chaparro de Málaga, Juan Carlos Romero, José Antonio Rodríguez y Vicente Amigo, además de la voz de Remedios Amaya. El País incluyó el disco entre las novedades flamencas destacadas de 1996.

Vieja Letanía tiene además algo especialmente valioso: permite escuchar simultáneamente al cantaor tradicional y al músico inquieto. No parecen dos artistas diferentes. Es precisamente la combinación de ambas cosas lo que constituye su personalidad.

Una muerte que llegó demasiado pronto

El Chino de Málaga falleció en Benalmádena el 26 de septiembre de 1997, con apenas 43 años. Las fuentes institucionales sitúan su muerte en su domicilio de Arroyo de la Miel a consecuencia de un problema cardíaco. 

Otra carrera quedaba interrumpida cuando parecía haber alcanzado precisamente un momento de plena madurez.

Manuel Bohórquez, que lo conoció personalmente, escribió años después algo especialmente revelador: El Chino había sido un cantaor con sello propio y un compositor cuyo talento no fue suficientemente valorado mientras vivió; el reconocimiento empezó a crecer después de su muerte.

Quizá esa sea una de las claves para entender por qué merece ser recuperado.

El artista que no cabía en una etiqueta

Definirlo simplemente como cantaor sería dejar fuera demasiado. Cantaba, componía, escribía y tocaba la guitarra, pero sobre todo poseía una concepción musical del flamenco que le permitía moverse entre tradición y búsqueda sin necesidad de renunciar a ninguna de las dos.

Su repertorio podía regresar al Perchel más antiguo y, al mismo tiempo, utilizar bajo, flauta o percusión. Podía cantar acompañado únicamente por una guitarra y después construir una propuesta más amplia. Esa libertad explica por qué su figura continúa despertando interés entre quienes estudian la evolución del flamenco malagueño y por qué la Peña Juan Breva y otras instituciones han vuelto a situarlo en el centro de jornadas dedicadas a investigar y divulgar la historia flamenca de Málaga. 

Incluso décadas después, su consideración entre otros músicos resulta reveladora. En 2023, Julio González, de Los Chichos, recordaba públicamente a El Chino de Málaga como un artista que le gustaba especialmente, definiéndolo como cantautor autodidacta y «un fenómeno». 

Volver a escuchar al Chino

Quizá El Chino de Málaga no necesite que exageremos su historia. Necesita algo mucho más sencillo: que volvamos a poner sus discos.

Escuchar Vieja Letanía. Buscar las grabaciones de Arte-4. Comparar sus tangos y bulerías. Descubrir al guitarrista detrás del cantaor y al compositor detrás de canciones que terminaron viviendo en otras voces.

Porque algunas figuras del flamenco no fueron menores.

Simplemente tuvieron menos tiempo, menos foco o menos memoria alrededor de ellas.

José Manuel Ruiz Rosa murió en 1997, pero dejó suficiente obra para demostrar que poseía aquello que ningún premio puede fabricar: una forma propia de entender el flamenco.

El Chino de Málaga no fue únicamente una voz nacida en El Perchel. Fue uno de esos artistas inquietos que conocían perfectamente la tradición y, precisamente por conocerla, se atrevían a preguntarse hacia dónde podía continuar. Tal vez haya llegado el momento de darle en la memoria flamenca el espacio que su música llevaba años reclamando.