Aguilar de Jerez, el cantaor que llevó la esencia de San Miguel hasta Japón
En la historia del flamenco, la transmisión del cante ha dependido tanto de las grandes figuras que ocuparon los escenarios como de quienes dedicaron su vida a enseñarlo, compartirlo y mantenerlo presente entre nuevas generaciones de artistas. Álvaro Aguilar Ardila, conocido como Aguilar de Jerez, perteneció a este segundo grupo de intérpretes cuya importancia artística no puede medirse únicamente por su discografía o por la popularidad alcanzada ante el gran público. Su trayectoria estuvo marcada por un conocimiento profundo de la tradición jerezana, una particular sensibilidad para escribir letras flamencas y una actividad docente que encontró en Japón uno de sus principales escenarios.
Nació el 26 de febrero de 1953 en el barrio de San Miguel de Jerez de la Frontera, uno de los territorios fundamentales para comprender la evolución del flamenco gaditano. Falleció en Tokio el 18 de noviembre de 2015, a los 62 años, después de haber dedicado buena parte de su vida profesional a difundir el cante en un país donde el flamenco había desarrollado una extraordinaria actividad artística.
Su nombre permanece especialmente relacionado con la formación de artistas como David Lagos, Alfredo Lagos y otros intérpretes que encontraron en él una referencia durante sus primeros años. Pero Aguilar de Jerez fue también un cantaor con inquietudes propias, conocedor de diferentes escuelas y convencido de que la enseñanza del flamenco debía comenzar por la comprensión de sus estilos y de la relación entre el cante, la guitarra y el baile.
San Miguel, el aprendizaje de una tradición
El barrio de San Miguel constituye uno de los grandes espacios históricos del flamenco jerezano. Sus calles, patios y reuniones familiares han estado vinculados durante generaciones a una cultura musical en la que el cante se transmite mediante la convivencia, la escucha y la práctica compartida.
Aguilar de Jerez creció en ese ambiente y comenzó su formación artística interesado inicialmente por la guitarra. Sus primeros aprendizajes estuvieron relacionados con la academia de El Carbonero, donde se acercó al instrumento antes de decidir que su verdadera vocación se encontraba en el cante.
El cambio de disciplina no significó abandonar los conocimientos adquiridos. Para un cantaor, comprender los mecanismos de la guitarra representa una ventaja importante, especialmente cuando debe desenvolverse en estilos donde la relación entre voz y acompañamiento exige una atención constante.
En el flamenco de Jerez, esa relación adquiere una especial relevancia en las bulerías y las seguiriyas. La guitarra no se limita a proporcionar una base armónica, sino que participa activamente en la organización de las entradas, los cierres y los remates.
Aguilar desarrolló su formación en contacto con esa manera de entender la música, incorporando progresivamente un repertorio que le permitiría participar en reuniones, fiestas particulares y actuaciones en peñas flamencas.
Su carrera comenzó lejos de los grandes circuitos comerciales. Cantaba allí donde encontraba un público dispuesto a escucharlo, desde celebraciones populares hasta encuentros organizados en bodegas y localidades de la provincia.
Aquella actividad contribuyó a consolidar su oficio y le permitió conocer de primera mano las exigencias de un cante que debía adaptarse a circunstancias muy diferentes.
El conocimiento de los estilos y la importancia de la letra
Uno de los aspectos más interesantes de Aguilar de Jerez fue su atención al repertorio tradicional y a la creación de letras propias.
El flamenco conserva una relación especialmente estrecha entre la melodía y el texto. En numerosos estilos, una misma estructura musical puede utilizarse para interpretar letras diferentes, siempre que su organización métrica permita acomodarlas a los tercios del cante.
La composición de letras flamencas exige conocer esa relación. No basta con escribir versos de contenido emotivo: es necesario comprender cómo se distribuyen las sílabas, dónde pueden introducirse repeticiones y qué palabras permiten desarrollar los acentos musicales característicos de cada estilo.
Aguilar poseía una sensibilidad particular para ese trabajo.
Entre las letras que se le atribuyen figura una conocida copla dedicada a Jerez, en la que aparecen el caballo cartujano, el torero Rafael de Paula y el vino como elementos representativos de la ciudad.
La popularidad de aquellos versos llegó a ser tan amplia que en determinados ambientes terminaron interpretándose como si pertenecieran al repertorio tradicional anónimo.
Este fenómeno no es extraño en la historia del flamenco. Muchas letras de autor conocido han circulado durante décadas mediante la transmisión oral y han terminado incorporándose al patrimonio compartido de los aficionados.
En el caso de Aguilar, su actividad como letrista constituye una parte importante de su aportación artística, porque muestra una relación con el cante que iba más allá de la interpretación vocal.
También obtuvo reconocimientos en concursos especializados, entre ellos certámenes dedicados a la petenera y el Concurso Nacional de Cante por Serrana de Prado del Rey.
La elección de estos estilos resulta significativa. Tanto la petenera como la serrana poseen características melódicas y expresivas que exigen conocimientos diferentes de los asociados a las bulerías, el repertorio festero más identificado con Jerez.
Su participación en aquellos concursos demuestra una inquietud por cultivar formas musicales de distintas procedencias.
David Lagos y la transmisión de un oficio
La relación de Aguilar de Jerez con sus sobrinos David y Alfredo Lagos constituye uno de los capítulos más relevantes de su trayectoria.
David Lagos, nacido en Jerez en 1973, comenzó a cantar siendo niño y desarrolló sus primeros conocimientos en el ambiente familiar. Sin embargo, fue su tío Álvaro quien desempeñó un papel decisivo en su incorporación al mundo profesional.
Aguilar lo llevó a fiestas privadas, reuniones en bodegas y celebraciones de diferentes localidades, donde el joven cantaor tuvo la oportunidad de adquirir experiencia ante públicos muy diversos.
Aquellas actuaciones formaban parte de un aprendizaje que no podía limitarse al estudio individual.
El cantaor debía aprender a reconocer cuándo intervenir, cómo responder a las necesidades de los músicos y de qué manera adaptar su repertorio a las características de cada reunión.
En el acompañamiento al baile, además, era imprescindible desarrollar una atención especial al compás y a los movimientos del bailaor.
David Lagos amplió posteriormente su formación en academias de baile y terminó convirtiéndose en una de las voces más reconocidas de su generación. En 2014 obtuvo la Lámpara Minera del Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión.
La trayectoria posterior del sobrino no debe interpretarse como una consecuencia exclusiva de la enseñanza de Aguilar, pues en su desarrollo intervinieron numerosos artistas y experiencias profesionales. Sin embargo, el propio David ha reconocido públicamente la importancia que tuvo su tío durante sus primeros años.
También Alfredo Lagos, guitarrista de reconocida trayectoria, estuvo vinculado a aquel ambiente familiar y artístico.
La labor de Aguilar se extendió a otros intérpretes, entre ellos María del Mar Moreno y los hermanos Domingo e Inmaculada Ortega, a quienes apoyó en etapas tempranas de sus carreras.
Estas relaciones permiten comprender una de las funciones menos visibles de los artistas experimentados: facilitar que los jóvenes encuentren espacios donde aprender el oficio y establecer contacto con los circuitos profesionales.
Japón y una nueva manera de enseñar el flamenco
A partir de 1998, Aguilar de Jerez desarrolló una parte fundamental de su actividad profesional en Japón.
La presencia del flamenco en aquel país tenía ya una historia considerable. Desde la segunda mitad del siglo XX, numerosos artistas españoles habían viajado a Japón para actuar y enseñar, mientras academias, tablaos y asociaciones culturales contribuían a consolidar una comunidad de aficionados especialmente interesada por el baile.
En ese contexto, el cante presentaba una dificultad particular.
Para los estudiantes japoneses, aprender flamenco implicaba familiarizarse con una lengua diferente y con procedimientos musicales cuya comprensión depende de referencias culturales y expresivas muy específicas.
La enseñanza de una bulería o una seguiriya no podía reducirse a memorizar una melodía. Era necesario comprender el compás, la pronunciación, la organización de los tercios y las diferencias entre las escuelas tradicionales.
Aguilar dedicó buena parte de su trabajo a transmitir esos conocimientos.
Su actividad estuvo especialmente orientada a explicar la importancia del cante dentro del baile flamenco, una disciplina que había adquirido una extraordinaria popularidad en Japón.
El cantaor defendía que la formación de los bailaores debía incluir una comprensión real de la música que acompañaba sus movimientos.
Esta concepción resulta fundamental para entender el flamenco como una práctica artística compartida. El baile, el cante y la guitarra mantienen una relación constante, y las decisiones de uno de sus participantes condicionan las posibilidades expresivas de los demás.
En las academias japonesas, Aguilar contribuyó a que numerosos estudiantes conocieran las diferencias entre estilos y aprendieran a reconocer las particularidades de la escuela jerezana.
Su actividad le proporcionó un reconocimiento considerable entre los aficionados del país, donde era conocido cariñosamente como Aguichan.
El cante de Jerez más allá de sus fronteras
La presencia de Aguilar de Jerez en Japón permite examinar cómo se transmite una tradición musical cuando se desarrolla fuera de su territorio de origen.
El flamenco jerezano posee características que se manifiestan especialmente en el tratamiento del compás, en determinadas variantes melódicas y en una manera de interpretar estrechamente relacionada con la práctica colectiva.
Sin embargo, esas características no constituyen un repertorio cerrado. La historia del cante de Jerez está marcada por el intercambio entre artistas, familias y escuelas de distintas procedencias.
La enseñanza de Aguilar partía del reconocimiento de esa diversidad.
Su conocimiento de los estilos tradicionales le permitía explicar diferencias entre interpretaciones que para un oyente poco familiarizado podían parecer semejantes.
En las seguiriyas, por ejemplo, las variantes personales presentan recorridos melódicos y formas de resolver los tercios que permiten relacionarlas con determinadas escuelas históricas.
En las bulerías, el dominio del compás exige comprender las posibilidades de acentuación y los procedimientos mediante los cuales el cantaor puede adelantar o retrasar una entrada sin perder la referencia rítmica.
La transmisión de estos conocimientos requiere algo más que una explicación teórica. Depende de la escucha, la repetición y la corrección directa durante la práctica.
Aguilar desarrolló esa labor durante años, contribuyendo a formar aficionados y profesionales que posteriormente continuarían difundiendo el flamenco en Japón.
Su trabajo también facilitó la relación entre los artistas jerezanos y los circuitos culturales japoneses, donde numerosos intérpretes encontraron oportunidades profesionales.
Agui-chan, un disco vinculado a su experiencia japonesa
En 2009 publicó Agui-chan, un trabajo discográfico cuyo título recogía el sobrenombre con el que era conocido en Japón.
El álbum contó con la participación de artistas como Alfredo Lagos, Juani de la Isla, Londro y David Lagos, reuniendo a intérpretes relacionados con su entorno familiar y profesional.
La grabación constituye un documento importante porque permite acercarse a su actividad artística en una etapa de madurez.
Aunque su trayectoria había estado marcada principalmente por las actuaciones y la enseñanza, el disco ofrecía la posibilidad de conservar parte de su repertorio y de su manera de entender el cante.
La presencia de guitarristas y cantaores vinculados a Jerez reforzaba además la relación entre su trabajo en Japón y la tradición musical de la ciudad donde había nacido.
El título resulta especialmente significativo. El apelativo Agui-chan reflejaba la familiaridad con la que era tratado por los aficionados japoneses y mostraba hasta qué punto había conseguido integrarse en aquel ambiente cultural.
Su experiencia demuestra que la transmisión internacional del flamenco no depende únicamente de las grandes giras o de los espectáculos de prestigio. También se construye mediante años de enseñanza, relaciones personales y actividades desarrolladas en academias y pequeños escenarios.
La muerte de Aguilar de Jerez en Tokio
El 18 de noviembre de 2015, Aguilar de Jerez falleció repentinamente en Tokio como consecuencia de un infarto.
Tenía 62 años y se encontraba en Japón junto a su sobrino, el guitarrista Juani de la Isla.
La noticia provocó una profunda conmoción entre los artistas y aficionados que habían compartido con él actuaciones y experiencias personales.
Su muerte tuvo una repercusión especial en Japón, donde había desarrollado una intensa actividad durante los últimos años de su vida.
Los testimonios recogidos entonces destacaron su cercanía personal, su disposición para enseñar y el conocimiento que poseía de los diferentes estilos flamencos.
También subrayaron la importancia de su trabajo para conseguir que el cante adquiriera una mayor consideración dentro de los ambientes japoneses vinculados al baile.
La familia tuvo que realizar gestiones para trasladar sus cenizas a España. A finales de noviembre se celebró una misa en su memoria en el barrio jerezano de San Miguel, al que había permanecido estrechamente vinculado.
La reacción de los aficionados japoneses mostró la dimensión que había alcanzado su actividad fuera de España.
Para muchos de ellos, Aguilar había sido una referencia directa en su aprendizaje y una persona que les había permitido acercarse a la tradición flamenca mediante la convivencia con un artista formado en Jerez.
Una aportación que continúa en nuevas generaciones
La trayectoria de Aguilar de Jerez permite comprender que el legado de un cantaor puede manifestarse de maneras diferentes.
Su actividad discográfica fue relativamente reducida, pero su participación en la formación de artistas y su trabajo en Japón tuvieron una importancia considerable.
El reconocimiento de figuras como David Lagos y Alfredo Lagos contribuye a recordar su papel durante los primeros años de sus carreras, aunque la influencia de Aguilar también alcanzó a numerosos estudiantes y aficionados cuya actividad se desarrolló lejos de los grandes escenarios.
Su conocimiento del repertorio, su dedicación a la composición de letras y su interés por explicar las particularidades de las escuelas tradicionales constituyeron elementos centrales de su personalidad artística.
La experiencia japonesa añade una dimensión especialmente significativa a su historia.
Durante años trabajó para que los estudiantes comprendieran que el cante no era un acompañamiento secundario del baile, sino una disciplina con estructuras, repertorios y tradiciones propias.
Esa labor permitió trasladar conocimientos adquiridos en el ambiente musical de San Miguel a un contexto cultural muy diferente, donde el flamenco había encontrado una comunidad de aficionados comprometida con su aprendizaje.
Álvaro Aguilar Ardila nació en Jerez y terminó sus días en Tokio, dos ciudades separadas por miles de kilómetros que quedaron unidas en su trayectoria mediante el cante.
Entre ambas desarrolló una vida artística dedicada a interpretar, enseñar y compartir una tradición que había aprendido desde joven. Su historia forma parte de la expansión internacional del flamenco, pero también de la continuidad de una manera de transmitir el oficio basada en la escucha, la experiencia y el contacto directo entre generaciones de artistas.
