Anilla la de Ronda: cuando una mujer llevaba su propia guitarra
Cantaora, tocaora y una de las primeras profesionales flamencas de las que tenemos noticia, Anilla la de Ronda desafió sin proclamas muchas de las reglas de su tiempo. Cantaba y se acompañaba ella misma con la guitarra cuando ver a una mujer asumir ambas funciones era todavía excepcional.
Hay fotografías antiguas que contienen más información que muchas biografías. En algunas de las escasas imágenes conservadas de Anilla la de Ronda, la encontramos junto a una guitarra. No está colocada únicamente como atrezo: aquel instrumento formaba parte esencial de su identidad artística.
Su verdadero nombre fue Ana Amaya Molina, aunque pasó a la historia como Anilla la de Ronda o Aniya la Gitana. Las fuentes discrepan sobre su fecha exacta de nacimiento: algunas la sitúan en 1853, mientras la Real Academia de la Historia y otras investigaciones señalan 1855. Existe mayor consenso en que nació en Ronda y murió en 1933.
Pero más interesante que resolver unos años de diferencia es comprender qué representó aquella mujer dentro del flamenco de su tiempo.
Cantar y tocar sin necesitar intermediarios
En el flamenco actual resulta completamente natural encontrar mujeres guitarristas, cantaoras que se acompañan o artistas capaces de moverse entre varias disciplinas. Durante mucho tiempo, sin embargo, la guitarra profesional quedó fundamentalmente asociada a los hombres.
Anilla constituye una excepción temprana extraordinariamente interesante.
Era cantaora y guitarrista autodidacta y tenía por costumbre acompañarse ella misma mientras cantaba. Investigaciones recientes sobre la presencia femenina en la guitarra flamenca recuerdan precisamente que esta práctica existió entre varias mujeres del primer tercio del siglo XX, aunque posteriormente quedara bastante invisibilizada en los relatos tradicionales del género.
La importancia de esta doble condición va mucho más allá de una curiosidad histórica. Quien se acompaña al cante controla simultáneamente la voz, el ritmo y la armonía, decide cuánto espacio necesita cada tercio y construye desde la guitarra el territorio sobre el que va a cantar.
Anilla no tenía que esperar a que otro músico comprendiera su intención.
Ella misma construía el acompañamiento de su voz.
Los cafés cantantes, la gran escuela
Su trayectoria se desarrolló en buena medida dentro de los cafés cantantes, aquellos establecimientos fundamentales para la profesionalización del flamenco durante la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX.
Actuó en locales rondeños como Fornos, La Primera de Ronda y El Pollo, además de pasar por espacios como el Café de Chinitas de Málaga y el Café del Burrero de Sevilla. En esos circuitos coincidió con artistas importantes de la época y las fuentes la relacionan especialmente con Antonio Chacón y Paca Aguilera.
Los cafés cantantes funcionaban como mucho más que lugares de entretenimiento. Allí se escuchaban estilos diferentes, se intercambiaban repertorios y se construían formas que después quedarían incorporadas al patrimonio flamenco.
Anilla perteneció plenamente a ese mundo.
Y consiguió hacerse respetar dentro de él.
Una mujer admirada por los propios artistas
Su prestigio queda reflejado también en algunas anécdotas que han sobrevivido a través de distintas fuentes. Se cuenta que Pastora Imperio, durante una actuación en Ronda, quiso conocerla personalmente y terminó obsequiándola con una bata de cola. También la reina Victoria Eugenia habría quedado impresionada tras escucharla cantar y tocar en una celebración privada y le regaló un mantón de Manila.
Más importante todavía resulta que Federico García Lorca la citara entre figuras relevantes del cante en su conferencia sobre el primitivo cante andaluz de 1922.
Eso nos permite comprender la dimensión que alcanzó en vida. Anilla no fue una figura recuperada artificialmente muchas décadas después, sino una artista que había conseguido suficiente reconocimiento como para permanecer en la memoria de músicos, escritores y aficionados de su tiempo.
El problema llegó después
Y aquí aparece una de las paradojas más interesantes de su historia.
Una mujer que había alcanzado semejante consideración terminó desapareciendo progresivamente de la memoria popular.
La ausencia de una gran discografía ayuda a explicarlo. Las generaciones posteriores pudieron conocer fácilmente a artistas cuya voz quedó registrada masivamente, mientras figuras pertenecientes a un periodo anterior tuvieron que sobrevivir mediante fotografías, referencias escritas y recuerdos transmitidos por otros flamencos.
Anilla quedó atrapada precisamente en esa frontera.
Vivió lo suficientemente temprano como para que una parte fundamental de su carrera transcurriera antes de que la industria discográfica pudiera preservar plenamente su arte.
Por eso sabemos que fue muy admirada, pero no podemos escucharla hoy con la misma facilidad con la que conocemos a las grandes figuras de generaciones posteriores.
Una pionera sin necesidad de proclamarlo
Existe además una lectura especialmente actual de su figura.
Anilla no necesitó presentarse como revolucionaria. Probablemente ni siquiera habría utilizado ese concepto para describirse. Simplemente hizo algo que necesitaba para desarrollar su arte: tomó una guitarra y se acompañó a sí misma.
Precisamente por eso resulta tan interesante.
El Instituto Andaluz del Flamenco la incluye entre las pioneras andaluzas y la considera una de las primeras artistas flamencas profesionales de las que se tiene noticia.
Vista desde el presente, su imagen resulta poderosa: una mujer gitana nacida en la Andalucía del siglo XIX, recorriendo cafés cantantes, interpretando flamenco y sosteniendo su propia guitarra ante públicos que acabaron reconociendo su categoría.
Recuperar a Anilla
Quizá no podamos reconstruir exactamente cómo sonaba su voz ni qué recursos utilizaba en la guitarra. Tampoco disponemos de material suficiente para analizar su arte con la precisión que permiten las grabaciones de generaciones posteriores.
Pero eso no significa que su historia deba quedar reducida a una nota a pie de página.
Anilla representa algo esencial dentro del flamenco: la existencia de mujeres que estuvieron presentes desde muy temprano no sólo como cantaoras y bailaoras, sino también como instrumentistas capaces de dirigir su propia interpretación.
Su fotografía con la guitarra ya no debería contemplarse simplemente como una curiosidad antigua.
Es el retrato de una profesional.
De una mujer que encontró su lugar dentro de uno de los periodos decisivos para la formación del flamenco moderno y que consiguió algo especialmente difícil: ser respetada por quienes compartieron con ella aquella época.
Más de noventa años después de su muerte, quizá el verdadero homenaje consista simplemente en volver a pronunciar su nombre.
Anilla la de Ronda no fue solamente una cantaora de otro tiempo. Fue una mujer que cantaba con voz propia y llevaba, literalmente, el acompañamiento entre sus manos.
