Cobitos: la memoria cantada de Granada

Nació en Jerez, creció en Sevilla y terminó convertido en una institución del flamenco granadino. Manuel Celestino Cobos no fue sólo un cantaor de enorme conocimiento: su voz permitió que determinados cantes llegaran hasta nosotros.

Hay artistas cuya importancia reside en haber creado un estilo propio y otros cuyo legado consiste en algo igualmente valioso: conservar lo que habían recibido antes de que desapareciera. Manuel Celestino Cobos, “Cobitos”, pertenece claramente a este segundo grupo.

Nació en Jerez de la Frontera en 1896, aunque desde muy pequeño vivió en Sevilla, y terminó estableciéndose en Granada, ciudad donde alcanzaría un enorme prestigio entre los aficionados. Murió allí el 22 de febrero de 1986, después de haber conocido prácticamente todas las etapas del flamenco del siglo XX: compañías itinerantes, cafés cantantes, fiestas privadas, ventas, peñas, festivales y concursos.

Más que una estrella popular, Cobitos terminó siendo un cantaor para quienes querían escuchar y aprender.

El hombre que escuchó a Frasquito Yerbagüena

Uno de los nombres esenciales para comprenderlo es el de Frasquito Yerbagüena, figura fundamental del cante granadino. Cobitos mantuvo una estrecha relación con él y aprendió directamente su manera de interpretar el fandango abandolao.

La importancia de aquella relación resulta extraordinaria porque Frasquito no dejó una discografía que permitiera conservar con claridad todos sus estilos. Cobitos se convirtió así en uno de sus grandes transmisores y grabó posteriormente aquellas formas, permitiendo que nuevas generaciones pudieran conocerlas.

El Instituto Andaluz del Flamenco sigue reconociendo actualmente el fandango de Frasquito Yerbagüena como una modalidad propia de los fandangos abandolaos granadinos, un cante de elevada dificultad vocal por su tesitura y sus cambios melódicos.

Cuando Cobitos lo interpretaba, por tanto, no estaba recuperando una pieza de museo.

Estaba transmitiendo algo que había conocido directamente.

Un archivo que respiraba

Esta condición convierte a Cobitos en una figura especialmente interesante. El flamenco dependió durante siglos de la transmisión oral y cada muerte podía significar también la desaparición de una melodía, una variante o una determinada manera de resolver un tercio.

Cobitos acumuló una memoria excepcional.

Conocía malagueñas, granaínas, soleares, seguiriyas, tientos y bulerías, pero destacó especialmente en los cantes de Levante y mineros: tarantas, mineras, levanticas, cartageneras y murcianas. También transmitió formas relacionadas con Antonio Silva “El Portugués”, otro de los artistas vinculados a la tradición granadina.

Aquella amplitud hizo que en Granada fuese considerado modelo de cantaor serio y ortodoxo.

No porque cantara sin personalidad.

Sino porque conocía perfectamente aquello que estaba cantando.

Granada lo hizo suyo

Aunque había nacido en Jerez, fue Granada la ciudad que terminó definiendo su madurez artística.

En 1926 actuó en La Montillana, un establecimiento dirigido por el guitarrista Pepe Cuéllar, donde llegó a coincidir con Manuel Torre. Después desarrollaría buena parte de su vida alrededor de las reuniones privadas y de los círculos flamencos granadinos, convirtiéndose progresivamente en una referencia para los aficionados de la ciudad.

Su relación con la Peña La Platería fue especialmente significativa. Allí actuó en numerosas ocasiones y encontró un ambiente de aficionados capaces de valorar precisamente aquello que mejor representaba: conocimiento, fidelidad estilística y memoria. La Platería continúa siendo hoy uno de los espacios emblemáticos del flamenco granadino.

Granada terminó tratándolo como uno de los suyos.

Y él devolvió ese afecto conservando parte de su patrimonio cantaor.

Un cantaor sin necesidad de artificio

Cobitos tampoco pertenecía al tipo de artista que construye su impacto mediante una voz desmesurada. Las fuentes destacan precisamente la dulzura de su cante y la profundidad de sus conocimientos.

Su autoridad estaba menos en impresionar que en saber.

Este tipo de artista suele adquirir todavía mayor importancia con el paso del tiempo. La moda puede cambiar, pero cuando alguien quiere estudiar de dónde procede un cante o cómo se transmitía una determinada forma, acaba regresando a las voces que funcionaron como puente entre generaciones.

Cobitos fue una de ellas.

Cuando cantar también significa conservar

Quizá esa sea la mejor manera de escucharlo hoy.

No únicamente como intérprete, sino como testigo.

Detrás de alguno de sus fandangos aparece Frasquito Yerbagüena. En sus cantes mineros existe una tradición mucho más amplia que había escuchado durante décadas. En sus soleares sobreviven ecos recibidos de otros artistas.

Su voz contiene otras voces.

Y ahí reside buena parte de su grandeza.

Manuel Celestino Cobos murió en Granada en 1986, pero dejó algo especialmente valioso para un arte construido durante siglos mediante la memoria: grabaciones capaces de conservar estilos que fácilmente podrían haberse perdido.

Por eso Cobitos merece ser recordado no sólo como un buen cantaor, sino como uno de esos hombres sin los cuales determinados capítulos del flamenco serían hoy mucho más difíciles de reconstruir.

Algunos artistas dejan escuela porque todos quieren imitarlos. Cobitos dejó memoria porque supo escuchar a quienes habían cantado antes que él.