Diego «El Cabrillero»: el eco jondo de Utrera
Hay artistas cuya dimensión no siempre se corresponde con la fama alcanzada. Diego Amaya Núñez, «El Cabrillero», pertenece a esa estirpe de cantaores respetados especialmente por los buenos aficionados, custodios de una manera de entender el flamenco alejada del artificio y profundamente vinculada a su tierra.
Nacido en Utrera (Sevilla) en 1944, creció dentro de un ambiente familiar flamenco. Es hijo de La Cabrillera, cantaora aficionada especialmente reconocida por sus bulerías, y sobrino de Antonio Núñez «Chocolate», una de las grandes voces del cante del siglo XX. De su madre tomaría precisamente el nombre artístico con el que sería conocido.
El flamenco aprendido desde niño
El Cabrillero pertenece a una generación para la que el cante se aprendía antes escuchando que estudiando. En su infancia tuvo muy cerca el magisterio de artistas utreranos como Fernanda y Bernarda de Utrera o El Perrate, además de la influencia decisiva de su tío Chocolate.
Comenzó a cantar con apenas catorce años en las tabernas de Utrera, espacios donde el flamenco formaba parte de la vida cotidiana. Con el tiempo llegarían los concursos, las peñas y los escenarios, aunque nunca abandonó completamente su profesión de agricultor, compaginando durante años el trabajo en el campo con el cante.
Ese contacto permanente con el ambiente de Utrera ayuda a explicar la personalidad de su interpretación: un cante sobrio, sin excesos ornamentales y sustentado principalmente en la transmisión.
Cantes de profundidad
Su repertorio se ha caracterizado especialmente por los estilos de mayor hondura. Soleares, seguiriyas, tonás, bulerías por soleá, tarantos y fandangos encuentran en su voz un terreno especialmente natural. Canal Sur lo ha definido como uno de los «guardianes de la tradición gitana del Bajo Guadalquivir», subrayando la influencia de Chocolate unida a los aires propios de Utrera.
Una grabación televisiva de 1989, acompañado a la guitarra por Pedro Bacán, permite comprobar esa forma desnuda de afrontar la soleá: importancia del tercio, medida y expresión antes que exhibición.
Su discografía tampoco ha sido abundante, circunstancia que quizá haya contribuido a que su nombre permanezca más cerca del círculo de aficionados que del gran público. En 1993 grabó Recuerdos de mis gentes, acompañado por Pedro Sierra, dejando registrado un repertorio en el que aparecen algunos de sus estilos más representativos.
Un cantaor para escuchar despacio
El paso del tiempo no apartó a Diego El Cabrillero de los escenarios flamencos. En 2018 participó en la Bienal de Flamenco de Sevilla, junto a Tamara Aguilera y con Paco Cortés a la guitarra, y ese mismo año intervino en el I Festival del Círculo Flamenco de Madrid. El País describió entonces su interpretación como un cante utrerano «seco, hondo y sin alardes».
Tal vez ahí esté la mejor definición de Diego El Cabrillero.
Un cantaor que no necesita levantar la voz para ocupar su sitio en la historia de Utrera. Su cante pertenece a esa tradición que busca emocionar antes que impresionar y que entiende el flamenco como una herencia que debe conservarse, pero también vivirse.
