El Perro de Paterna: una voz que nunca quiso separarse de su pueblo
Antonio Pérez Jiménez comenzó a cantar en público siendo adolescente, pero tardó muchos años en convertirse en profesional. Cuando finalmente lo hizo, ya llevaba dentro una vida entera de flamenco. Su voz potente, musical y reconocible encontró en los fandangos, las colombianas, las saetas y los cantes de su tierra un espacio propio, hasta convertir aquel apodo —El Perro de Paterna— en una forma de llevar el nombre de su pueblo por escenarios de toda España.
La historia de El Perro de Paterna no comienza con un niño prodigio al que una compañía recoge para convertirlo inmediatamente en figura. Comienza de una manera mucho más corriente y, precisamente por eso, más humana. Antonio Pérez Jiménez nació en Paterna de Rivera, Cádiz, en agosto de 1925, en un pueblo donde el flamenco formaba parte del ambiente cotidiano y donde la petenera había terminado adquiriendo una identidad casi inseparable del propio municipio. En 2025, coincidiendo con el centenario de su nacimiento, el Instituto Andaluz del Flamenco volvió a recordarlo como una de las figuras esenciales de Paterna y como uno de los impulsores del Concurso Internacional de Cante por Peteneras.
Antonio cantaba desde muy joven. Con apenas catorce años tuvo una de sus primeras apariciones públicas junto a Pericón de Cádiz, circunstancia que, vista desde el presente, parece anunciar una carrera inmediata. No ocurrió así. Pasarían más de veinte años antes de que decidiera adentrarse seriamente en el mundo profesional.
Quizá esa espera explique parte de lo que después encontramos en su cante. Cuando subió definitivamente a los escenarios ya no era un muchacho intentando descubrir quién era. Era un hombre de cuarenta años que había vivido, trabajado, escuchado a otros y aprendido el flamenco sin la urgencia de tener que demostrar cada noche que merecía estar allí.
Llegar tarde también puede ser una ventaja
Su verdadera profesionalización se sitúa hacia 1965, cuando empezó a participar en espectáculos desde La Barca de la Florida, en el entorno jerezano. A esa edad muchos artistas llevan ya dos décadas recorriendo escenarios; El Perro de Paterna estaba prácticamente comenzando.
La paradoja es que la respuesta del público fue rápida.
Su voz tenía unas características especialmente apropiadas para una época en la que todavía existía un público enorme para los espectáculos flamencos y de canción andaluza. Era potente, aguda, musical y muy directa, una voz capaz de atravesar un teatro sin perder claridad y, sobre todo, fácilmente reconocible.
No necesitaba demasiado tiempo para llegar al oyente.
Juanito Valderrama fue una figura importante en aquella etapa y El Perro terminó formando parte de sus compañías, recorriendo numerosos escenarios españoles. A su alrededor aparecieron artistas pertenecientes a distintas escuelas y generaciones, desde veteranos de la posguerra hasta quienes estaban protagonizando la transformación del flamenco de los años setenta.
Antonio había llegado tarde a la profesión, pero consiguió recuperar el tiempo con una rapidez extraordinaria.
El fandango como confesión
Si existe un terreno donde su personalidad aparece con especial claridad es el fandango.
El Perro de Paterna poseía precisamente aquello que necesita este cante cuando se interpreta sin artificios: una voz capaz de elevarse y una forma de administrar los tercios que permitía convertir una letra breve en una pequeña historia.
Fue desarrollando una manera personal de interpretarlo y algunos de sus fandangos terminaron asociados a su nombre. No se trataba únicamente de disponer de potencia para rematar arriba; sabía conducir la melodía, preparar la subida y hacer que el último tercio pareciera consecuencia natural de todo lo anterior.
En sus grabaciones se percibe además algo muy difícil de fabricar en un estudio: cercanía.
Puede cantar una letra dramática y, sin embargo, nunca parece estar representando un personaje demasiado lejano. Da la sensación de que cuenta algo que conoce.
Quizá ahí se encuentra una de las razones de su popularidad.
El público no escuchaba únicamente una buena voz.
Escuchaba a un hombre.
Las colombianas y el gusto por lo melódico
Otra parte fundamental de su repertorio fueron los llamados cantes de ida y vuelta, especialmente las colombianas.
Este tipo de estilos sufrió durante mucho tiempo una consideración desigual dentro de ciertos sectores de la flamencología, como si la melodía, la popularidad o una estructura más accesible los hiciera necesariamente menos flamencos. El Perro de Paterna nunca pareció demasiado preocupado por semejantes fronteras.
Cantaba aquello donde podía expresarse.
Y las colombianas encajaban especialmente bien con la musicalidad de su voz.
Tanto fue así que estudios posteriores sobre su figura lo consideran uno de los artistas que contribuyeron decisivamente a revitalizar este cante durante la segunda mitad del siglo XX. Un registro televisivo de 1989, acompañado por Niño de Pura, permite todavía apreciar esa facilidad para conducir una melodía limpia sin perder el acento flamenco.
Aquí aparece también una característica que merece ser reivindicada: El Perro podía cantar para el aficionado entendido, pero nunca parecía tener miedo de llegar al público general.
Ese equilibrio explica que Antonio Murciano llegara a definirlo como “un cantaor de masas”. Su producción discográfica fue muy abundante y, durante aproximadamente veinticinco años, grabó decenas de trabajos y participó en numerosos espectáculos junto a algunas de las figuras más importantes de su generación.
Paterna no era sólo un apellido artístico
Muchos cantaores incorporan el nombre de su ciudad a su identidad profesional. En algunos casos acaba funcionando simplemente como una referencia geográfica. Con Antonio Pérez Jiménez ocurrió algo diferente.
Paterna de Rivera permaneció en el centro de su vida artística.
La relación se manifestó especialmente en torno a la petenera, un cante rodeado durante generaciones de leyendas y supersticiones, pero profundamente vinculado a la localidad gaditana. El Perro fue uno de los artistas que ayudaron a reforzar esa identificación y participó en los primeros tiempos del concurso dedicado a este estilo, certamen que continúa celebrándose décadas después.
Su pueblo tampoco olvidó el vínculo. Calles, homenajes, actividades flamencas y distintas iniciativas culturales fueron fijando su nombre en la memoria local.
Es fácil comprender por qué.
Antonio podía actuar lejos, grabar discos en Madrid o aparecer en televisión, pero el nombre con el que se presentaba ante cualquier público seguía diciendo exactamente de dónde venía.
La saeta y otra forma de levantar la voz
La potencia de El Perro encontraba otro territorio natural en la saeta.
Aquí no bastaba con disponer de volumen. La voz tenía que mantener una tensión especial, sostenerse sobre la calle y detener por un momento el ruido que acompaña a una procesión.
Antonio fue un saetero reconocido y siguió participando en concursos incluso después de haberse convertido en una figura consolidada. Resulta especialmente llamativo que en 1986, cuando hacía ya mucho que no necesitaba demostrar nada ante un jurado, volviera a presentarse al Concurso de Saetas de Cádiz y lo ganara.
Este detalle dice bastante del personaje.
Un artista famoso podría haber considerado aquellos concursos una etapa superada. Él todavía estaba dispuesto a ponerse delante de otros participantes y cantar.
Quizá porque nunca perdió del todo la relación con aquel flamenco donde el prestigio se defendía cantando y no únicamente leyendo el nombre de un cartel.
Una misa flamenca que desbordó una iglesia
Entre los episodios más singulares de su trayectoria se encuentra la misa flamenca paternera, que llevó a Cádiz en 1973.
La actuación en la iglesia de La Palma despertó tal interés que el recinto quedó pequeño y fue necesario instalar megafonía para quienes se habían quedado fuera. La anécdota parece hoy casi improbable: una multitud intentando escuchar desde la calle una misa construida alrededor de diferentes estilos flamencos.
Pero describe bastante bien el lugar que El Perro había alcanzado.
El flamenco seguía perteneciendo a peñas y festivales, pero podía entrar también en otros espacios y convocar a un público extraordinariamente amplio.
Aquella misa dejó incluso ecos fuera del propio ámbito flamenco, y con el tiempo se convirtió en uno de los episodios recordados cuando se reconstruye su relación con Cádiz capital.
Cantar al lado de Mairena y Camarón
La época que le tocó vivir profesionalmente fue extraordinaria.
Cuando El Perro empezó a consolidarse todavía estaba plenamente activo Antonio Mairena, símbolo de una concepción muy determinada del cante tradicional. Poco después, Camarón de la Isla comenzaría a transformar la sensibilidad de toda una generación.
El Perro convivió con ambos mundos.
Compartió carteles con Mairena, Camarón, El Lebrijano, Fosforito, Juanito Valderrama y numerosos artistas más. Su carrera se desarrolló precisamente durante un periodo en el que el flamenco podía ser simultáneamente festival tradicional, espectáculo popular, tablao, grabación comercial y laboratorio de nuevas ideas.
No intentó convertirse en ninguno de los demás.
Conservó sus colombianas.
Sus fandangos.
Las saetas.
Su manera de cantar.
Y quizá ahí reside otra explicación de su permanencia.
Seguir cantando cuando el cuerpo ya avisaba
Los últimos años contienen una imagen especialmente reveladora.
Antonio había sufrido problemas cardíacos y los médicos le habían advertido sobre el esfuerzo que implicaba seguir cantando con aquella intensidad. Pero dejar los escenarios no parecía una decisión sencilla para alguien que había tardado tantos años en llegar a ellos.
Su última actuación conocida tuvo lugar el 28 de diciembre de 1996.
Poco después ingresó en el Hospital Puerta del Mar de Cádiz para una intervención cardíaca. Falleció el 9 de enero de 1997. Había seguido cantando prácticamente hasta el final.
Existe algo profundamente coherente en esa última etapa.
El hombre que había esperado hasta los cuarenta años para dedicarse plenamente al flamenco no parecía dispuesto a abandonar fácilmente aquello que tanto le había costado comenzar.
El Perro de Paterna: cantar sin dejar de ser Antonio
Quizá la mejor manera de recordar a El Perro de Paterna sea evitar convertirlo en una figura demasiado solemne.
Quienes lo conocieron hablan también de su sentido del humor, su cercanía y una personalidad muy auténtica. Detrás de la voz potente y de aquel nombre artístico tan reconocible seguía estando Antonio Pérez Jiménez, un hombre de pueblo que había entrado relativamente tarde en una profesión difícil y que terminó recorriendo España sin perder la relación con el lugar del que había salido.
Su historia tampoco necesita exageraciones.
Tuvo una larga discografía, fue popular, cantó junto a figuras enormes y dejó una manera personal de abordar el fandango. Ayudó a mantener vivas las colombianas, destacó como saetero y se convirtió en una de las voces asociadas para siempre a Paterna de Rivera.
Pero posiblemente su mayor triunfo sea mucho más sencillo.
Casi treinta años después de su muerte, cuando vuelve a sonar una grabación suya, basta escuchar unas pocas frases para saber quién está cantando.
Antonio Pérez Jiménez tardó media vida en hacerse profesional, pero cuando por fin encontró su sitio no necesitó inventarse otro personaje. Cantó con la voz que tenía, con los cantes que le gustaban y llevando siempre el nombre de Paterna por delante. Al final consiguió algo que pocos artistas alcanzan: que su pueblo y su voz terminaran siendo prácticamente la misma cosa.
