Enrique el Almendro: el fandango que sobrevivió al hombre
No necesitó llenar teatros ni construir una extensa discografía. Enrique Ortega Monje cantó sobre todo en reuniones, pero dejó algo que muy pocos consiguen: una forma de fandango que todavía lleva su nombre.
En el flamenco ocurre a veces una paradoja fascinante. Artistas que gozaron de enorme popularidad desaparecen casi por completo del repertorio, mientras otros que apenas construyeron una carrera pública terminan sobreviviendo dentro de un solo cante. Enrique Ortega Monje “El Almendro” pertenece claramente a este segundo grupo.
Nacido en Sevilla en 1892, en el entorno de la Alameda de Hércules, formaba parte de la extensa familia Ortega, una de esas genealogías donde flamenco y tauromaquia se entrecruzaron durante generaciones. Era nieto de Enrique Ortega Díaz “El Gordo Viejo” y descendiente de una familia relacionada con figuras esenciales del cante y del toreo. La documentación de la Junta de Andalucía sitúa además a Manolo Caracol dentro de ese mismo entramado familiar y lo señala como pariente cercano de El Almendro.
Pero quizá lo más interesante de Enrique sea que nunca pareció necesitar convertirse en una gran estrella.
Un cantaor para quienes sabían escuchar
Las fuentes coinciden en presentarlo fundamentalmente como cantaor de fiestas y reuniones, más que como artista de grandes escenarios. Allí, en espacios donde el público estaba formado muchas veces por otros flamencos y aficionados exigentes, alcanzó un prestigio considerable. Quienes lo escucharon hablaron de un metal muy gitano, pureza y una manera de decir el cante especialmente personal.
Esto tiene enorme importancia.
Una reunión flamenca no permitía esconderse detrás de una producción espectacular. No había luces capaces de crear emoción ni una orquesta que llenara los huecos. Había una guitarra, unas pocas personas alrededor y la obligación de convencer a quienes conocían perfectamente aquello que estaban escuchando.
El Almendro perteneció a ese territorio.
Su autoridad nació allí.
Un fandango con nombre propio
Su verdadero legado se encuentra en el fandango.
El Diccionario flamenco de la Junta de Andalucía reconoce expresamente el “Fandango de Enrique el Almendro” como una modalidad de los fandangos personales o naturales. No debe confundirse con el fandango de la localidad onubense de El Almendro, que constituye otra forma completamente distinta.
La distinción resulta fundamental porque demuestra hasta qué punto su personalidad quedó fijada dentro del repertorio.
No hablamos simplemente de un cantaor que interpretaba bien fandangos.
Hablamos de un artista cuya manera de hacerlo terminó convertida en estilo reconocible.
Andalupedia describe además su forma como un fandango con ciertos aires de soleá, una mezcla especialmente interesante porque ayuda a explicar el peso y la gravedad que podía adquirir dentro de un género frecuentemente asociado a mayor libertad melódica.
Manolo Caracol y la transformación del cante
El nombre de Manolo Caracol aparece inevitablemente cuando se habla del fandango de El Almendro.
Las fuentes coinciden en que Caracol conoció aquella forma familiar y la tomó como una de las bases desde las que desarrolló posteriormente su propia manera de interpretar el fandango. La documentación especializada sobre Caracol explica que aquella influencia terminó evolucionando hasta convertirse en los célebres fandangos caracoleros, ya completamente filtrados por la extraordinaria personalidad de Manuel Ortega Juárez.
Aquí aparece un mecanismo esencial de la tradición flamenca.
Un cantaor crea o fija una forma.
Otro la escucha.
La transforma.
Después llegan nuevas generaciones que conocen principalmente la versión del segundo.
Y, poco a poco, el origen puede empezar a difuminarse.
Eso ocurrió en cierta medida con El Almendro.
Caracol llevó aquella semilla hasta una dimensión enorme, pero antes de existir el fandango caracolero estaba Enrique Ortega Monje cantando el suyo en reuniones sevillanas.
La Paquera y la memoria de aquel fandango
La huella tampoco terminó en Caracol.
Décadas después, cantaores posteriores continuaron utilizando el estilo de Enrique el Almendro. Entre ellos aparece La Paquera de Jerez, cuyo repertorio incluyó expresamente fandangos atribuidos a El Almendro, circunstancia que incluso ha sido utilizada en estudios contemporáneos sobre técnica vocal flamenca.
Esto permite comprobar algo especialmente hermoso.
El hombre había muerto.
La forma seguía viajando.
De una garganta sevillana pasó a Caracol y, de ahí o directamente desde la propia tradición, terminó apareciendo también en voces jerezanas y repertorios posteriores.
Ese es el verdadero funcionamiento de una música oral.
También fue un gran solearero
El fandango terminó eclipsando casi todo, pero distintas fuentes recuerdan que El Almendro fue también un excelente intérprete de soleá. Su relación con este cante llegó a ser suficientemente reconocida como para que el poeta Juan Pedro Domecq le dedicara un Romance de la soleá.
No resulta extraño que la soleá aparezca tan cerca de su fandango.
Si su forma personal contenía realmente determinados aires soleareros, ambas facetas probablemente estuvieron conectadas por una misma manera de entender la gravedad del cante.
El Almendro parecía pertenecer a una escuela donde la personalidad no se construía añadiendo adornos, sino encontrando una forma propia de colocar el peso.
Entre el cante y los toros
Su vida tuvo además otra dimensión inseparable de aquella Sevilla: la tauromaquia.
Enrique Ortega fue banderillero y formó parte de cuadrillas de figuras como Joselito el Gallo, Rafael el Gallo, Ignacio Sánchez Mejías, Maera, El Algabeño y Cagancho. Permaneció especialmente vinculado a Joselito hasta la muerte del torero en 1920 y posteriormente continuó trabajando en otras cuadrillas.
La conexión no era excepcional.
Flamenco y toros compartieron durante décadas familias, espacios de sociabilidad y públicos. El propio diccionario de la Junta recoge expresamente a Enrique el Almendro entre los artistas que encarnaron esa relación entre cante flamenco y mundo taurino.
En él, ambas cosas no eran mundos separados.
Formaban parte de la misma cultura.
La grandeza de no parecer importante
Quizá uno de los rasgos más atractivos de El Almendro sea precisamente la distancia entre su importancia real y la modestia con la que parece haber vivido su condición de cantaor.
Una anécdota repetida en diversas fuentes cuenta que, preguntado en una ocasión por cómo cantaba, respondió con humor que cantaba menos que un canario en la muda.
Más allá de la exactitud literal de la frase, encaja perfectamente con el retrato transmitido por quienes lo conocieron: un hombre sin grandes pretensiones públicas, pero profundamente respetado por los aficionados y por los propios artistas.
No necesitaba presentarse como maestro.
Otros lo escuchaban como tal.
Un hombre olvidado dentro de un cante conocido
Enrique Ortega Monje murió en Sevilla en abril de 1959, a los 67 años. Para entonces su fandango ya había comenzado a vivir una existencia independiente de su creador.
Esa quizá sea la paradoja definitiva.
Hoy muchos aficionados pueden reconocer ecos caracoleros o escuchar a La Paquera interpretar determinadas formas sin detenerse a preguntar de dónde había salido aquella arquitectura melódica.
Detrás aparece El Almendro.
Un cantaor que frecuentó más fiestas que teatros.
Un banderillero que vivió en plena edad de oro del toreo.
Un miembro de una de las grandes familias artísticas de Andalucía.
Y, sobre todo, un hombre que consiguió algo extremadamente difícil: dejar su nombre dentro de un cante.
No hizo falta una gran discografía.
No hizo falta una carrera internacional.
Bastó una manera personal de cantar unos fandangos para que, más de un siglo después de su nacimiento, sigamos hablando del fandango de Enrique el Almendro.
Y en un arte construido durante generaciones mediante la memoria, probablemente no exista una forma mucho más profunda de permanecer.
