Juan Talega: el hombre que guardó el cante hasta que alguien quiso escucharlo

Juan Agustín Fernández Vargas tenía cerca de setenta años cuando el gran público empezó a conocerlo. Para entonces llevaba toda una vida cantando, aunque casi nunca donde hubiera entradas, carteles o focos. Había aprendido en familia, entre reuniones y caminos de ganado, y conservaba en la memoria formas de soleá, seguiriya y toná que pertenecían a un mundo anterior al disco. Cuando finalmente llegó a los escenarios no apareció una revelación tardía: apareció un hombre que llevaba décadas preparado.

La historia de Juan Talega tiene algo que hoy resultaría difícil de imaginar. En una época en la que un artista parece obligado a hacerse visible cuanto antes, él pasó la mayor parte de su vida lejos de los grandes circuitos profesionales. Cantaba porque el cante formaba parte de su casa, de su familia y de las reuniones a las que acudía; no porque necesitara convertirlo inmediatamente en profesión.

Nació en Dos Hermanas, Sevilla, en 1891, con el nombre de Juan Agustín Fernández Vargas. Pertenecía a una de esas familias en las que los parentescos flamencos terminan pareciendo una genealogía del propio género. Era hijo de Agustín Talega, sobrino de Joaquín el de la Paula y primo de Manolito de María. Los vínculos familiares lo conectaban directamente con Alcalá de Guadaíra y con una de las grandes tradiciones de la soleá.

Sin embargo, Juan no vivió durante décadas como una estrella flamenca.

Su oficio fue otro.

Era tratante de ganado.

El cante que viajaba con los animales y las ferias

Resulta fácil imaginarlo recorriendo caminos, acudiendo a ferias, cerrando tratos y terminando alguna jornada en una reunión donde alguien pedía que cantara. Aquel mundo estaba muy lejos de los teatros y de las compañías de ópera flamenca que triunfaban durante los años veinte y treinta.

Pero probablemente fue allí donde se conservó una parte de su verdad.

Juan Talega no aprendió pensando en una futura grabación. Escuchó a los mayores porque aquellos cantes pertenecían a su familia y a su entorno. Algunos se interpretaban incluso sin guitarra, en reuniones donde importaban bastante más las personas presentes que cualquier público futuro.

Esa circunstancia dejó una marca profunda en su forma de cantar. Cuando años después empezó a hacerlo ante auditorios numerosos, seguía existiendo algo íntimo en su voz, como si la soleá todavía estuviera dirigida a las pocas personas sentadas alrededor de una mesa.

No había necesidad de adornar demasiado.

El cante tenía que sostenerse solo.

Joaquín el de la Paula estaba mucho más cerca que un disco

Para Juan Talega, Joaquín el de la Paula no era una figura histórica a la que hubiera estudiado mediante grabaciones antiguas. Era su tío.

Esa diferencia lo cambia todo.

Joaquín había dejado una de las grandes maneras de interpretar la soleá de Alcalá, y aquel patrimonio pasó a personas de su entorno familiar. Juan creció escuchando formas que más adelante serían estudiadas, clasificadas y grabadas, pero que entonces circulaban de una manera mucho más natural: alguien cantaba y otro recordaba.

En esa transmisión no había partituras.

Ni archivos.

Ni siquiera la posibilidad de volver a pulsar una grabación para comprobar cómo se había hecho un tercio.

Había memoria.

Y la memoria puede ser tremendamente poderosa, pero también frágil. Cuando desaparece quien recuerda, desaparece con él una parte de aquello que sabía.

Juan Talega acabaría siendo especialmente importante porque recordaba mucho.

Antonio Mairena llama a la puerta

La relación con Antonio Mairena cambió el último tramo de su vida.

Mairena comprendió el valor que tenía aquel hombre que conservaba repertorios, variantes y recuerdos de cantaores anteriores. Lo animó a salir de las reuniones privadas y a entrar en unos escenarios donde, paradójicamente, Juan era casi un desconocido pese a llevar más de medio siglo cantando.

Hacia 1958, cuando tenía alrededor de 67 años, comenzó a incorporarse con mayor regularidad a los festivales.

Debió de producirse una situación extraña.

Mientras otros artistas llegaban al escenario buscando experiencia, Talega llegaba cargado de ella. Lo único nuevo para él era precisamente el escenario profesional.

Incluso tuvo que acostumbrarse mejor al acompañamiento de guitarra. Durante buena parte de su vida había participado en reuniones donde algunos cantes podían hacerse a palo seco, sin necesidad de acomodarse siempre a un tocaor.

La fama llegó tarde, pero llegó con rapidez.

Córdoba descubre a un hombre de 68 años

En 1959 participó en el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba. Tenía 68 años.

Allí obtuvo los máximos reconocimientos en los grupos relacionados con siguiriyas y tonás y con soleares, confirmando ante un público amplio algo que muchos aficionados cercanos ya conocían desde hacía años.

Es difícil encontrar una historia artística parecida.

A esa edad otros cantaores estaban retirándose o vivían del recuerdo de sus mejores temporadas. Juan Talega comenzaba a grabar y a convertirse en presencia habitual de los festivales flamencos.

No apareció intentando modernizarse.

Tampoco intentó parecer más joven.

Salió a cantar con la voz que tenía, una voz ya envejecida, oscura y sin demasiadas concesiones a la belleza convencional.

Y precisamente ahí residía buena parte de su fuerza.

Una voz que no necesitaba ser bonita

Juan Talega no tenía una voz destinada a seducir por su limpieza.

Era una voz vivida.

Había aspereza, gravedad y algo casi mineral en determinados tercios. En la seguiriya esa cualidad podía resultar estremecedora; en la soleá, el tiempo parecía ralentizarse hasta dejar cada palabra desnuda, mientras que en las tonás desaparecía incluso la protección de la guitarra.

Escucharlo obliga a modificar el oído.

No parece interesado en demostrar facultades ni en exhibir recursos. Lo que importa es el peso de cada frase y la sensación de que detrás existe una experiencia mucho mayor que la duración de la grabación.

En algunas voces se escucha juventud.

En la de Talega se escucha tiempo.

El hombre al que Mairena iba a preguntar

Su relación con Antonio Mairena fue mucho más profunda que la de un artista veterano ayudado por otro más joven.

Mairena encontró en Talega una fuente fundamental para su trabajo de recuperación de antiguos estilos. Juan recordaba cantes asociados a Tomás El Nitri, los Caganchos, los Pelaos, La Andonda, Paco la Luz, Loco Mateo, Manuel Torre o Enrique el Mellizo, además naturalmente del patrimonio de su propia familia.

A veces conservaba un cante casi completo; otras, un fragmento, un comienzo o una forma de rematar.

De aquellas conversaciones surgirían reconstrucciones y grabaciones que posteriormente formarían parte del repertorio flamenco moderno.

Hoy podemos debatir —y debemos hacerlo— cuánto había de conservación exacta y cuánto de reelaboración en esos procesos. La memoria oral nunca funciona como una grabadora perfecta. Cada cantaor transforma, aunque no lo pretenda, aquello que recibe.

Pero eso no disminuye la importancia de Talega.

Al contrario.

Nos recuerda que durante siglos el archivo del flamenco estuvo dentro de las personas.

Llegar tarde y encontrarse con un mundo nuevo

Durante los años sesenta Juan Talega se convirtió en una figura respetada de los festivales. Grabó para Columbia, apareció en recitales y empezó a ser buscado por aficionados que querían escuchar directamente aquellos cantes que hasta entonces habían permanecido en círculos mucho más reducidos.

Hay fotografías de esa época en las que ya aparece como un anciano.

Eso puede confundirnos.

El artista que vemos no estaba viviendo el final normal de una larga carrera pública. Estaba viviendo prácticamente el principio de ella.

En 1967 recibió un importante homenaje en Morón de la Frontera, tierra con la que mantuvo una relación especialmente cercana. Tres años después se organizó otro gran reconocimiento en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, al que su salud ya no le permitió asistir.

De repente, aquel tratante de ganado al que casi nadie fuera de determinados ambientes había conocido durante décadas se había convertido en referencia.

No quiso convertirse en otra cosa

Quizá uno de los aspectos más humanos de Juan Talega sea que la fama tardía no parece haber transformado demasiado al personaje.

Continuó siendo un hombre ligado a Dos Hermanas, a su familia y a aquel mundo de aficionados en el que había aprendido a cantar. No había pasado cincuenta años esperando que llegara el éxito.

El éxito simplemente terminó encontrándolo.

Y eso se percibe incluso en su manera de estar.

No necesitaba construir una leyenda alrededor de sí mismo porque había vivido durante demasiado tiempo sin ella.

La autoridad procedía de otro lugar.

De saber.

De haber escuchado.

De recordar.

Cuando morir significa perder una biblioteca

Juan Talega falleció en Dos Hermanas el 31 de julio de 1971.

Con su muerte desapareció inevitablemente una parte de aquella memoria que ningún disco pudo recoger por completo. Pero, afortunadamente, el reconocimiento de sus últimos años había permitido conservar grabaciones fundamentales de soleares, siguiriyas, tonás y bulerías por soleá.

Además, buena parte de lo que transmitió continuó viviendo en otros cantaores, especialmente dentro del universo artístico que rodeó a Antonio Mairena.

Dos Hermanas acabaría recuperando plenamente su figura. Desde 1980 se celebra el Festival Flamenco Juan Talega, que décadas después continúa llevando su nombre.

Hay cierta justicia poética en ello.

El hombre que pasó casi toda su juventud y madurez cantando fuera de los escenarios terminó dando nombre a uno.

Juan Talega: cantar sin saber que algún día sería historia

Quizá lo más emocionante de Juan Talega no esté únicamente en su voz, sino en pensar cuánto tiempo cantó sin imaginar que aquellas formas acabarían siendo estudiadas décadas después.

No interpretaba una soleá de Alcalá porque estuviera preservando patrimonio.

La cantaba porque era suya.

Porque la había escuchado.

Porque pertenecía a su familia.

Porque así se cantaba entre la gente que conocía.

Sólo mucho después comprendimos que aquel gesto cotidiano tenía un enorme valor histórico.

Juan Talega llegó tarde a los discos y a los festivales, pero el cante había llegado a él muchísimo antes. Durante décadas lo guardó sin vitrinas ni archivos, simplemente dentro de la memoria. Cuando finalmente abrió aquella memoria ante el público, descubrimos que aquel viejo tratante de ganado llevaba consigo una parte de la historia del flamenco.