Juana La Macarrona: cuando bailar era mandar

Antes de que el baile flamenco femenino llegara a los grandes teatros, Juana La Macarrona ya había construido una forma de estar sobre las tablas basada en el compás, la elegancia y una autoridad que hizo época.

La historia del baile flamenco no puede entenderse únicamente desde la velocidad del zapateado o la dificultad técnica. Hubo un tiempo en el que una bailaora podía dominar un escenario casi sin necesidad de desplazarse demasiado, simplemente mediante la colocación del cuerpo, el movimiento de los brazos, la mirada y una forma personalísima de relacionarse con el compás.

Juana Vargas de las Heras, “La Macarrona”, perteneció a ese mundo y terminó convirtiéndose en una de sus grandes figuras.

Nacida en Jerez de la Frontera en 1860, era hija del guitarrista Juan de Vargas y de la cantaora Ramona de las Heras. Pertenecía, por tanto, a una familia donde el flamenco estaba presente desde la infancia y comenzó a bailar siendo prácticamente una niña. El Instituto Andaluz del Flamenco recoge que antes de cumplir los siete años ya actuaba en Jerez mientras su madre cantaba y su padre la acompañaba con la guitarra.

Aquella escena resume perfectamente una época: el aprendizaje no comenzaba en una academia, sino dentro de la familia y delante de públicos reales.

De niña prodigio a figura de los cafés cantantes

Con apenas ocho años ya trabajaba en el café sevillano La Escalerilla. Después llegaría el Café de las Siete Revueltas y, cuando regresó a Sevilla siendo adolescente, entró en el legendario Café de Silverio, uno de los espacios fundamentales para la profesionalización del flamenco durante el siglo XIX.

Los cafés cantantes fueron auténticos laboratorios artísticos. En ellos convivían cante, toque y baile, y los artistas podían observarse cada noche, competir, intercambiar recursos y desarrollar maneras personales de interpretar.

La Macarrona se formó dentro de ese ambiente y terminó destacando hasta convertirse en una referencia. No era simplemente una bailaora eficaz; tenía aquello que en el flamenco resulta mucho más difícil de conseguir: una personalidad reconocible.

La elegancia antes que la acrobacia

El Instituto Andaluz del Flamenco incluye a La Macarrona entre las grandes figuras de una etapa en la que el baile femenino se diferenciaba claramente del masculino y donde estilos como tangos, alegrías, garrotín y soleá formaban parte esencial del repertorio.

Su prestigio quedó unido especialmente a una manera de bailar elegante y majestuosa. La importancia no estaba en acumular pasos, sino en cómo ocupaba el espacio. El braceo, la colocación, los movimientos de caderas y el dominio de la bata y del cuerpo construían una estética donde cada gesto parecía tener tiempo para ser visto.

Aquella concepción puede resultar especialmente interesante hoy, cuando el baile flamenco ha alcanzado unos niveles técnicos extraordinarios. La Macarrona recuerda que la dificultad no siempre está en hacer más cosas, sino en conseguir que un solo movimiento tenga peso.

Una mujer que cruzó fronteras

Su carrera no quedó limitada a Andalucía. Actuó en diferentes ciudades españolas y llevó el flamenco fuera del país, alcanzando reconocimiento en Francia y Alemania y convirtiéndose en una de aquellas artistas que comenzaron a mostrar internacionalmente un género todavía en pleno proceso de formación profesional. El Instituto Andaluz del Flamenco recuerda incluso la admiración que despertó ante el sha de Persia.

La dimensión internacional tiene especial valor si pensamos en la época. Una mujer gitana nacida en Jerez en pleno siglo XIX logró construir una carrera que la llevó lejos de los espacios familiares donde había comenzado a bailar.

No necesitó abandonar su lenguaje para hacerlo.

Fue precisamente aquel lenguaje el que la llevó fuera.

Cuando el flamenco empezó a cambiar

La Macarrona vivió además una transformación decisiva. Conoció el esplendor de los cafés cantantes y también su decadencia, cuando nuevas formas de espectáculo fueron sustituyendo progresivamente aquel modelo y el baile perdió presencia frente al auge de la llamada ópera flamenca.

Ese cambio hizo que muchas figuras de su generación quedaran progresivamente apartadas de los grandes circuitos.

Pero el prestigio de La Macarrona permaneció.

Su nombre siguió apareciendo como referencia para las generaciones posteriores y terminó convirtiéndose prácticamente en sinónimo de una determinada manera antigua de entender el baile femenino.

Una escuela que no necesitó escribirse

No existen grabaciones audiovisuales suficientes para contemplarla con la precisión con la que hoy podemos estudiar a Carmen Amaya, Pilar López o las grandes bailaoras posteriores. Por eso una parte de su arte tuvo que sobrevivir a través de testimonios, fotografías y recuerdos transmitidos por quienes la vieron.

Eso hace todavía más significativo que su nombre haya permanecido.

Cuando una bailaora consigue sobrevivir en la memoria sin disponer de un gran archivo cinematográfico, significa que quienes la contemplaron encontraron en ella algo difícil de olvidar.

En La Macarrona ese algo parece haber sido una combinación de compás, elegancia, personalidad y autoridad escénica.

La modernidad de bailar sin prisa

Quizá recuperar hoy a Juana La Macarrona tenga además una utilidad inesperada.

Nos obliga a mirar el baile desde otra perspectiva.

Vivimos acostumbrados a valorar la precisión, la velocidad y la espectacularidad técnica, pero el flamenco también puede construirse desde la quietud. Un brazo que tarda en llegar, una mirada correctamente colocada o un pequeño movimiento pueden contener una fuerza enorme cuando detrás existe compás.

La Macarrona pertenecía a una generación que entendía perfectamente ese lenguaje.

No necesitaba perseguir al público.

Conseguía que el público esperara.

Una mujer dentro de la historia del baile

Juana La Macarrona falleció en Sevilla en 1947, después de haber vivido prácticamente toda la transformación del flamenco desde los cafés cantantes del siglo XIX hasta los nuevos espectáculos de la primera mitad del XX.

Su nombre continúa apareciendo hoy entre las figuras esenciales de aquella época y su importancia supera la simple condición de personaje histórico.

Representa una manera de bailar.

Una estética donde la elegancia no estaba reñida con la fuerza y donde la autoridad no necesitaba expresarse mediante violencia.

Por eso merece volver a ocupar un lugar visible dentro de la memoria flamenca.

La Macarrona no hizo grande el baile femenino porque intentara parecerse a nadie. Lo hizo porque consiguió que, cuando ella salía a bailar, el escenario tuviera que adaptarse a su manera de estar en él.