La Paquera de Jerez: cantar como si la voz no cupiera dentro del cuerpo
Francisca Méndez Garrido no necesitaba demasiados minutos para transformar un escenario. Bastaba aquel primer empuje de la voz, la mano marcando el compás y una forma de mirar que anunciaba que el cante no iba a pasar discretamente por la sala. La Paquera tenía potencia, desde luego, pero reducirla a eso sería no haberla escuchado de verdad. Detrás de aquella garganta había compás, intuición, conocimiento y una manera profundamente jerezana de convertir la emoción en algo físico.
Hay artistas que parecen haber encontrado con los años una manera de cantar y otros en los que cuesta imaginar una vida anterior a la voz. La Paquera de Jerez pertenece a estos últimos. En ella el flamenco no daba la sensación de haber sido aprendido como un oficio añadido a la existencia, sino de haber crecido junto a ella, mezclado con la familia, el barrio, las necesidades de una casa humilde y esa cultura jerezana donde una reunión podía convertirse de repente en cante.
Francisca Méndez Garrido nació en Jerez de la Frontera en 1934. Pertenecía a una familia numerosa y conoció desde niña una realidad en la que había poco espacio para el romanticismo con que después solemos adornar las biografías flamencas. Había que ayudar en casa, buscarse la vida y aprovechar cualquier oportunidad. El cante apareció pronto porque tenía facultades extraordinarias, pero también porque en aquella Andalucía cantar podía ser una manera de abrir una puerta cuando casi todas las demás permanecían cerradas.
El apodo de La Paquera venía de la familia y acabaría convirtiéndose en uno de esos nombres que ya no necesitan explicación. Al decirlo aparece inmediatamente una voz, un gesto y una ciudad.
Jerez no era el lugar del que venía: era parte de su manera de cantar
Resulta difícil separar a La Paquera de Jerez. No porque sólo interpretara repertorio de su tierra, sino porque llevaba dentro una determinada forma de entender el compás y de relacionarse con el público.
En Jerez la bulería puede ser espectáculo, pero antes que eso es convivencia. Se canta en fiestas, familias y reuniones; se aprende observando cómo alguien entra, cómo otro responde y cómo una letra aparentemente sencilla puede adquirir otra dimensión dependiendo del momento. La Paquera absorbió ese mundo antes de que nadie intentara explicárselo.
Por eso su bulería nunca parecía una sucesión de recursos aprendidos. Había algo natural en la manera de empujar el ritmo, de esperar el lugar exacto y de lanzar una letra sin perder la relación con quienes estaban alrededor.
Podía estar delante de cientos de personas y seguir dando la sensación de cantar en una fiesta.
Esa cualidad no se consigue únicamente estudiando.
Se trae después de haber vivido mucho compás.
Una voz enorme que sabía exactamente qué hacer
El tópico más repetido sobre La Paquera habla de la potencia de su voz.
Es cierto.
Era una voz extraordinariamente poderosa, capaz de ocupar una sala sin esfuerzo aparente y de sostener tercios que en otra garganta podían resultar imposibles. Pero lo verdaderamente importante estaba en cómo administraba esa fuerza.
No cantaba permanentemente arriba.
Sabía recoger.
Sabía entrar casi conversando y crecer después hasta alcanzar un remate que parecía desbordar la música. Esa capacidad de contraste es lo que evita que su cante se convierta en simple exhibición.
En los fandangos se aprecia especialmente.
La voz podía comenzar contenida, recorrer la melodía con una tensión creciente y terminar abriéndose en un último tercio que parecía necesitar más espacio del que daba la grabación.
Ahí estaba La Paquera.
No en el volumen.
En el momento exacto en que decidía utilizarlo.
Los fandangos y el arte de hacer propia una letra
La Paquera fue una extraordinaria intérprete de fandangos, género que ocupó una parte esencial de su repertorio y de su popularidad.
El fandango permitía algo que encajaba perfectamente con su personalidad: colocar al cantaor prácticamente a solas frente a la emoción de una letra. No existe detrás una estructura rítmica que pueda distraer. La voz debe sostener la historia.
Ella sabía hacerlo.
En muchos de sus fandangos parece que la letra acaba de ocurrirle.
Da igual que hubiera sido interpretada anteriormente o que proviniera de un repertorio escrito por otros. La decía con una intensidad que eliminaba la distancia entre intérprete y personaje.
Ésa es una de las cualidades más difíciles de explicar de los grandes artistas populares: consiguen que una canción conocida vuelva a parecer verdadera.
La Paquera poseía esa capacidad.
Cantar una saeta mirando hacia arriba
Otro territorio en el que su voz encontraba una dimensión especial era la saeta.
Aquí la potencia adquiría un sentido distinto. Ya no estaba el aplauso inmediato de la bulería ni el desarrollo melódico del fandango. Había una imagen pasando lentamente por una calle y una voz intentando atravesar el silencio.
La Paquera entendía perfectamente ese lenguaje.
La saeta necesita facultades, pero también una determinada manera de suspender el tiempo. El cantaor debe sostener la frase mientras alrededor parece detenerse todo.
En ella, aquella garganta inmensa encontraba un espacio casi natural.
Las calles de Jerez durante la Semana Santa fueron otro de los escenarios donde su voz terminó formando parte de la memoria popular.
No hacía falta anunciarla.
La gente reconocía quién estaba cantando.
Salir de Jerez sin dejarlo atrás
Como tantos artistas flamencos de su generación, llegó un momento en que Jerez se quedó pequeño para una carrera que comenzaba a crecer. Los viajes, las compañías, los teatros y los tablaos fueron abriendo un mundo diferente.
Madrid representaba entonces una parte fundamental del circuito profesional. Allí se encontraban empresarios, compañías, tablaos y un público dispuesto a convertir a un artista en figura.
La Paquera entró en esos ambientes siendo muy joven y comenzó a compartir escenarios con nombres importantes del momento. Las grabaciones fueron llegando y su voz empezó a circular mucho más allá de Andalucía.
Pero nunca pareció transformarse en una artista fabricada para adaptarse a Madrid.
Llevó Jerez consigo.
En el acento.
En el compás.
En la manera de sentarse.
Incluso en aquella mezcla de autoridad y cercanía que hacía que pudiera parecer una figura enorme y, pocos minutos después, una mujer completamente cotidiana.
La mujer detrás de la voz
Las grabaciones pueden producir una imagen demasiado solemne de los artistas. Quien sólo escuche a La Paquera afrontando un fandango dramático puede imaginar una mujer permanentemente envuelta en gravedad.
Quienes la conocieron transmitieron una realidad bastante más amplia.
Había sentido del humor, espontaneidad, carácter y una enorme humanidad. La mujer que podía estremecer al público durante una interpretación también podía romper la tensión con una salida inesperada o con esa manera directa de hablar que nunca pareció demasiado interesada en construir una personalidad artificial.
Quizá por eso conectaba tan fácilmente.
No había excesiva distancia entre Francisca y La Paquera.
La artista era enorme, pero seguía resultando reconociblemente humana.
Y esa mezcla ayuda a explicar el afecto que despertó en Jerez.
Una artista popular sin complejos
Existe cierta tendencia a separar artificialmente el flamenco considerado profundo del repertorio popular, como si un gran cantaor tuviera que elegir siempre entre prestigio y éxito.
La Paquera nunca pareció preocuparse demasiado por esa discusión.
Podía enfrentarse a estilos de enorme peso flamenco y al mismo tiempo interpretar fandangos o canciones capaces de llegar inmediatamente a públicos muy amplios.
No necesitaba demostrar pureza continuamente.
La pureza estaba en la manera de hacer las cosas.
Esa actitud explica por qué su carrera pudo moverse entre festivales flamencos, teatros, grabaciones y espectáculos sin que su personalidad quedara diluida.
Siempre sonaba a ella.
Y pocas cosas son más importantes para un artista.
La Paquera y Camarón: dos generaciones frente a la misma raíz
Cuando aparecieron artistas de generaciones posteriores, el flamenco comenzó a transformarse con enorme rapidez. Camarón de la Isla, por ejemplo, abriría caminos muy diferentes durante los años setenta y ochenta.
La Paquera pertenecía a otra generación y a otra estética, pero ambos compartían algo fundamental: una relación absolutamente natural con el lenguaje flamenco.
No necesitaban pensar constantemente dónde debía colocarse el compás.
Lo llevaban dentro.
Ese tipo de conocimiento invisible conecta a artistas que musicalmente pueden parecer muy distintos. Cambian las guitarras, las producciones y los repertorios, pero permanece una manera de entender cuándo el cante está respirando correctamente.
La Paquera representaba una de las grandes fuentes de ese conocimiento.
Envejecer sin convertirse en una copia de sí misma
Uno de los momentos más interesantes en la vida de un artista llega cuando desaparece la juventud de la voz.
La Paquera tuvo que convivir también con ello.
El cuerpo cambia.
La garganta cambia.
Aquellas facultades gigantescas de los primeros años no podían permanecer exactamente iguales.
Pero había algo que la edad no podía quitarle: el conocimiento del cante.
En sus últimos años podía bastar un gesto, una entrada por bulerías o unas pocas frases para reconocer toda una manera de entender el flamenco.
El público ya no acudía únicamente para comprobar hasta dónde llegaba la voz.
Acudía a escuchar a La Paquera.
Y ésa es probablemente la diferencia entre unas grandes facultades y una gran artista.
El día que Jerez perdió una de sus voces
La Paquera falleció en Jerez de la Frontera en abril de 2004, después de una vida prácticamente inseparable del flamenco.
Su muerte produjo una sensación especialmente intensa en la ciudad porque no desaparecía únicamente una cantante famosa. Se iba alguien que durante décadas había representado públicamente una parte reconocible de Jerez.
Había artistas más sofisticados.
Voces quizá más delicadas.
Carreras construidas desde planteamientos diferentes.
Pero había algo en La Paquera difícilmente sustituible.
Cuando ella empezaba a cantar, sabíamos quién era desde el primer momento.
La Paquera de Jerez: no cantar bonito, sino cantar verdad
A veces el paso del tiempo termina suavizando demasiado a los artistas. Los convertimos en fotografías respetables, homenajes y nombres de festivales, y olvidamos el impacto físico que producían cuando estaban vivos.
Con La Paquera conviene evitarlo.
Hay que volver a escucharla.
Con cierto volumen.
Dejar que llegue una bulería.
Esperar un fandango.
Escuchar cómo toma aire antes de un tercio y cómo la voz comienza a crecer hasta ocuparlo todo.
Entonces se comprende que su importancia no está únicamente en la historia.
Francisca Méndez Garrido tuvo una de esas voces que parecían demasiado grandes para permanecer encerradas dentro de una persona. Pero detrás de aquella potencia había una cantaora que sabía cuándo contenerse, cuándo atacar y cuándo dejar que una letra doliera. Jerez le dio el compás; ella le devolvió una voz que todavía hoy resulta imposible confundir con ninguna otra.
