Manolo Sanlúcar: pensar el flamenco con seis cuerdas
Virtuoso, compositor y maestro de maestros, Manolo Sanlúcar no se conformó con tocar extraordinariamente bien. Pasó buena parte de su vida intentando comprender por qué el flamenco funciona como funciona y hasta dónde podía crecer sin perder sus raíces.
Hay guitarristas que dejan falsetas y otros que modifican la manera de pensar el instrumento. Manolo Sanlúcar perteneció a estos últimos.
Junto a Paco de Lucía y Serranito formó parte de una generación fundamental para la guitarra flamenca de la segunda mitad del siglo XX. Los tres heredaron un instrumento engrandecido anteriormente por Ramón Montoya, Niño Ricardo, Sabicas y otros maestros, pero entendieron que aquella herencia no podía permanecer inmóvil. En el caso de Sanlúcar, la búsqueda acabó convirtiéndose casi en una obsesión: demostrar que el flamenco podía desarrollar grandes estructuras musicales, dialogar con una orquesta y adquirir dimensión concertística sin dejar de sonar a flamenco.
Antes de componer había que aprender a acompañar
Manuel Muñoz Alcón nació en Sanlúcar de Barrameda en 1943. Su padre, aficionado a la guitarra y relacionado con la escuela del jerezano Javier Molina, fue decisivo en su formación inicial. Todavía adolescente comenzó a trabajar profesionalmente y aprendió algo que permanecería dentro de toda su obra posterior: antes de imponer una guitarra hay que saber escuchar el cante.
Esa formación explica buena parte de su música.
Cuando años después escribiera obras de gran complejidad, debajo de las armonías y de las estructuras extensas continuaría existiendo una forma de respirar profundamente flamenca. Manolo podía llevar la guitarra hacia territorios nuevos porque conocía perfectamente el lugar desde el que había partido.
La revolución no consistía en tocar más deprisa
La técnica de Manolo Sanlúcar era extraordinaria, pero su verdadero interés estaba en otra parte.
La generación de los años sesenta y setenta amplió enormemente los recursos de la guitarra flamenca. Aparecieron nuevas posiciones, armonías, mecanismos técnicos y posibilidades concertísticas. Sanlúcar participó plenamente en esa transformación, aunque progresivamente fue orientando su búsqueda hacia la composición.
No quería que el virtuosismo se convirtiera en un fin.
Una guitarra podía ser técnicamente deslumbrante y no decir demasiado. Para él, todos esos recursos debían servir a una idea musical.
Esa concepción fue convirtiéndolo en algo más que un intérprete.
En un compositor flamenco.
«Tauromagia»: mucho más que un gran disco
Si existe una obra capaz de resumir su pensamiento, probablemente sea Tauromagia, publicada en 1988.
El mundo de la tauromaquia funciona como hilo narrativo, pero la verdadera importancia del trabajo está en su arquitectura musical. La guitarra va construyendo diferentes estados de tensión y reposo mientras aparecen compases, melodías y recursos armónicos de enorme sofisticación.
Lo extraordinario es que nunca deja de reconocerse la raíz.
Ahí se encuentra precisamente una de las grandes conquistas de Manolo Sanlúcar: la complejidad no borra el flamenco.
Podía elaborar una obra de grandes dimensiones y, sin embargo, bastaban algunos compases para reconocer inmediatamente de dónde procedía aquella música.
Por eso Tauromagia continúa siendo décadas después uno de los trabajos de referencia para guitarristas y estudiosos de la composición flamenca.
Cuando la guitarra entró en la música sinfónica
Sanlúcar llevó esa búsqueda todavía más lejos en proyectos como Fantasía para guitarra y orquesta o Medea.
La cuestión parecía sencilla, pero no lo era: ¿cómo colocar una guitarra flamenca frente a una orquesta sin convertirla simplemente en una guitarra clásica con algunos giros andaluces?
La respuesta exigía encontrar un lenguaje propio.
En Medea, creada inicialmente para el Ballet Nacional de España, la música flamenca pudo sostener una estructura dramática extensa y relacionarse con el baile y la escritura orquestal desde una perspectiva mucho más ambiciosa.
El Instituto Andaluz del Flamenco destaca precisamente esta faceta: la obra de Manolo Sanlúcar contribuyó decisivamente a elevar el flamenco dentro de la composición sinfónica sin desprenderlo de su identidad.
Carmen Linares, Lorca y «Locura de brisa y trino»
Otra de sus grandes obras llegaría junto a Carmen Linares.
En Locura de brisa y trino, construida sobre poemas de Federico García Lorca, Sanlúcar demostró que la innovación tampoco necesitaba necesariamente una gran orquesta.
Voz, guitarras y una instrumentación contenida bastaron para crear un lenguaje donde las formas flamencas podían aparecer transformadas, sugeridas y reconstruidas alrededor de la poesía.
El trabajo fue además especialmente importante dentro de su trayectoria: la Fundación Manolo Sanlúcar recuerda que estuvo asociado al Premio Nacional de Música que recibió en 2000.
Aquí vuelve a aparecer una constante.
Manolo no utilizaba la tradición como una pieza de museo.
La trataba como un lenguaje vivo.
Enseñar sin fabricar imitadores
Existe otra dimensión imprescindible de su legado: la enseñanza.
Su influencia se extendió a generaciones posteriores y su magisterio estuvo relacionado con guitarristas de enorme importancia. El Instituto Andaluz del Flamenco recuerda que desarrolló una de las líneas pedagógicas más influyentes de la guitarra contemporánea y que su trabajo didáctico continuaría posteriormente mediante la Fundación y el Instituto Internacional de Guitarra Flamenca que llevan su nombre.
Lo interesante de su concepción pedagógica era que no parecía buscar copias.
Un alumno podía estudiar con Manolo Sanlúcar sin terminar obligado a sonar como Manolo Sanlúcar.
El verdadero aprendizaje consistía en comprender por qué funcionaba una armonía, qué relación tenía una falseta con el palo o cómo podía desarrollarse una idea propia dentro de los códigos del flamenco.
Ese modelo explica mucho de su influencia.
Un buen maestro enseña repertorio.
Uno excepcional enseña a pensar.
Quince años intentando ordenar un arte
Los últimos años de Manolo Sanlúcar explican quizá mejor que ninguna grabación hasta dónde llegó su compromiso con el flamenco.
Su Fundación señala que dedicó alrededor de quince años a ordenar y sistematizar su conocimiento, desarrollando materiales teóricos y audiovisuales relacionados con los palos, sus estructuras, la guitarra y la composición. De ese esfuerzo surgieron proyectos como La Guitarra Flamenca y La Escuela.
La preocupación era sencilla de formular y enorme de resolver.
Durante generaciones, gran parte del conocimiento flamenco había viajado de maestro a alumno mediante la transmisión oral. Cuando un maestro desaparecía, una parte de aquello que sabía podía desaparecer con él.
Sanlúcar quiso evitarlo.
No pretendía sustituir la tradición oral por libros.
Quería dejar herramientas para comprenderla.
La raíz y la libertad
Aquí se encuentra quizá la principal lección de su obra.
Manolo Sanlúcar nunca entendió tradición e innovación como términos opuestos. Al contrario: cuanto más profundamente se conoce una tradición, mayor libertad existe para trabajar dentro de ella.
Su música podía entrar en el ballet.
En una orquesta.
En Lorca.
En grandes salas de concierto.
Pero necesitaba conservar un punto de referencia.
El flamenco.
Por eso su evolución no fue una huida de la tradición, sino una exploración de todo aquello que todavía podía encontrarse dentro de ella.
El maestro se fue; la escuela permaneció
Manolo Sanlúcar falleció en Jerez de la Frontera el 27 de agosto de 2022, a los 78 años. Su muerte cerró una trayectoria fundamental dentro de la generación que transformó la guitarra flamenca durante la segunda mitad del siglo XX.
Pero llevaba años preparando precisamente lo que debía ocurrir después.
La Fundación constituida alrededor de su legado y el Instituto Internacional de Guitarra Flamenca continúan desarrollando la vertiente pedagógica que él consideró esencial. La Junta de Andalucía ha destacado tanto su aportación artística como esa extraordinaria labor didáctica.
Quizá ahí resida la diferencia entre dejar una obra y dejar una escuela.
Manolo Sanlúcar hizo ambas cosas.
Podemos volver a Tauromagia, Medea o Locura de brisa y trino y escuchar a uno de los grandes compositores de la guitarra flamenca. Pero también podemos observar a quienes llegaron después y encontrar otra parte de su herencia: guitarristas que entendieron que respetar el flamenco no significa repetirlo exactamente como lo recibieron.
Manolo Sanlúcar demostró que una tradición puede conservar sus raíces y, al mismo tiempo, crecer hasta lugares que sus propios maestros nunca habían imaginado. Su guitarra no sólo interpretó el flamenco: ayudó a enseñarle nuevas formas de pensarse.
