Manuel Ojeda «El Burrero»: el empresario que hizo historia en el flamenco

La historia del flamenco no la escribieron únicamente quienes cantaron, bailaron o tocaron la guitarra. También hubo empresarios capaces de crear los espacios donde aquellos artistas pudieron convertirse en profesionales. Entre ellos ocupa un lugar destacado Manuel Ojeda Rodríguez, «El Burrero», personaje fundamental de la Sevilla flamenca del siglo XIX.

Conviene comenzar corrigiendo una confusión que aparece en algunas referencias: El Burrero no está documentado como cantaor profesional. Las investigaciones flamencológicas lo presentan fundamentalmente como empresario, propietario de café cantante y gran aficionado al cante y al baile. Su importancia histórica no necesita, por tanto, atribuirle una carrera artística que las fuentes disponibles no confirman.

De la Macarena a los cafés cantantes

Manuel Ojeda estuvo vinculado al ambiente popular de la Macarena sevillana. Su conocido apodo parece proceder de un negocio relacionado con la venta de leche de burra, actividad por la que habría comenzado a ser conocido como «El Burrero».

Pero su verdadera huella la dejaría en otro negocio muy diferente.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, Sevilla asistió al crecimiento de los cafés cantantes, establecimientos en los que el cante, el baile y la guitarra comenzaron a presentarse regularmente ante un público de pago. Aquellos locales desempeñaron un papel decisivo en la profesionalización del flamenco.

Ojeda comprendió pronto las posibilidades de aquel nuevo modelo de espectáculo.

El Café del Burrero

Su nombre quedó unido para siempre al Café del Burrero, uno de los establecimientos flamencos más importantes de la Sevilla del último tercio del siglo XIX.

El local asociado a Ojeda, situado inicialmente en la calle Tarifa, había tenido anteriormente otros usos vinculados al baile y al espectáculo. Con El Burrero alcanzaría, sin embargo, una enorme popularidad como café cantante.

Durante una etapa, Ojeda mantuvo una relación empresarial con Silverio Franconetti, figura imprescindible de la historia del cante y también empresario. Las fuentes coinciden en que ambos estuvieron asociados, aunque existen diferencias en la bibliografía acerca de la fecha exacta en la que comenzó aquella colaboración.

En 1881 sus caminos empresariales se separaron. Silverio continuó con su propio café y El Burrero mantuvo el suyo, iniciándose una intensa competencia por contratar a los artistas más destacados.

Aquella rivalidad beneficiaría indirectamente al flamenco.

Un escaparate para los grandes artistas

Por los escenarios vinculados a El Burrero desfilaron importantes intérpretes de la época. Las investigaciones de José Blas Vega y otros estudiosos documentan nombres como Concepción Peñaranda «La Cartagenera», El Canario de Álora, La Rubia de Málaga, Concha la Carbonera, África Vázquez, Fosforito el Viejo y, posteriormente, Antonio Chacón.

Estos cafés no eran simples lugares de diversión. Permitían que los artistas trabajaran durante temporadas, conocieran otros estilos y compitieran ante un público cada vez más entendido.

El empresario decidía quién aparecía en el cartel, qué artistas eran contratados y qué espectáculos podían atraer mayor cantidad de espectadores. Desde esa posición, El Burrero contribuyó de manera directa a la consolidación de un circuito profesional flamenco.

Una ventana a la Sevilla flamenca

El Café del Burrero posee además un extraordinario valor documental gracias a las fotografías realizadas por Emilio Beauchy Cano durante el siglo XIX.

En ellas puede observarse el ambiente de aquellos establecimientos: artistas sobre el escenario, guitarristas, bailaoras y espectadores alrededor de las mesas. Son documentos excepcionales porque permiten contemplar cómo era realmente un café cantante en los años en los que el flamenco estaba consolidando buena parte de su estructura escénica.

En 1888, El Burrero inició una nueva etapa empresarial en un establecimiento situado en la céntrica calle Sierpes, reforzando todavía más la presencia del flamenco en la vida urbana sevillana.

El Café del Burrero terminaría cerrando en 1897, cuando el panorama del espectáculo comenzaba a transformarse y otros locales asumían parte del protagonismo.

El legado de El Burrero

Manuel Ojeda no necesitó subirse a un escenario para formar parte de la historia del flamenco.

Su verdadera importancia estuvo en proporcionar ese escenario.

Fue uno de aquellos empresarios que comprendieron que el cante, el baile y la guitarra podían convertirse en un espectáculo estable, con artistas contratados y público habitual.

Los cafés cantantes cambiaron para siempre la forma de vivir profesionalmente del flamenco, y El Burrero fue uno de los protagonistas de aquella transformación.

Por eso su nombre merece permanecer junto al de los hombres y mujeres que hicieron posible que el flamenco pasara de reuniones, academias y fiestas privadas a convertirse en uno de los grandes espectáculos populares de Andalucía.