Decir copla en España es, casi por inercia, invocar nombres de mujer: la Piquer, Juana Reina, la Faraona... Sin embargo, la revolución más absoluta, estética y desgarradora del género la firmó un hombre nacido en Málaga un 10 de abril de 1908. Su nombre civil era Miguel Frías de Molina; para la eternidad y la historia del arte con mayúsculas, Miguel de Molina.
Como cronista de este género que es alma, herida y memoria de nuestro país, repasar su trayectoria no es solo hablar de música; es recordar cómo el arte más genuino puede convertirse en un peligro para los intolerantes.

El Rey de la Puesta en Escena
Miguel no cantaba la copla: la esculpía en el aire. En una España que se adentraba en la modernidad de los años treinta, él entendió el espectáculo de una manera total. Nadie antes se había atrevido a lo que él hizo.
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Sus camisas: Él mismo las diseñaba. De seda, con chorreras indomables, mangas abullonadas y unos lunares que desafiaban la sobriedad de la época.
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Su movimiento: Frente al estatismo imperante, Miguel llenaba el escenario con un braceo felino, herencia directa del mejor flamenco, pero con una teatralidad única.
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Su repertorio: Convirtió temas como El día que nací yo, Triniá o la inmortal La bien pagá en auténticos monumentos sonoros. No interpretaba; encarnaba el drama y el desgarro.
Con la llegada de la Segunda República, su éxito fue clamoroso. El público se rendía ante aquel joven malagueño que reinaba en los teatros de Madrid y Barcelona, ganando auténticas fortunas y codeándose con la vanguardia intelectual del momento, incluido Federico García Lorca.
La Barbarie contra el Arte
El estallido de la Guerra Civil cortó de raíz su época dorada. Comprometido con la causa republicana, Miguel actuó para las tropas del frente, algo que el bando vencedor jamás le perdonaría. Pero su verdadero calvario comenzó en la posguerra.
Miguel de Molina cometía los tres "delitos" más imperdonables para el nuevo régimen franquista: haber apoyado al bando perdedor, ser un artista libre e inclasificable y, sobre todo, vivir su homosexualidad sin esconderse, con una dignidad que resultaba insoportable para la España rancia de 1939.
"Usted es un rojo y un marica". Esas fueron las palabras que precedieron a la brutal paliza que tres falangistas le propinaron en los sótanos de la Dirección General de Seguridad en Madrid, tras una función. Le destrozaron la cara, le arrancaron el pelo y lo dejaron moribundo en un descampado.
La censura le prohibió trabajar. Le asfixiaron económicamente. España, la tierra de la que brotaba su arte, le cerraba las puertas a cal y canto.
El Abrazo Argentino y el Olvido Español
En 1942, metió su vida y sus famosas camisas en una maleta y puso rumbo a Buenos Aires. En Argentina encontró el respeto, el éxito masivo y la paz que su patria le negaba. Aunque las presiones del consulado español intentaron boicotearlo allí también —provocando un breve exilio a México—, la propia Eva Perón intercedió por él para que regresara a la capital porteña, donde se consagró definitivamente como un mito de la música popular.
A pesar de un breve e incómodo regreso a España en los años cincuenta (donde constató que el régimen seguía vigilándolo), Miguel decidió que su hogar estaba al otro lado del charco. Falleció en Buenos Aires en 1993, sin haber recibido en vida el gigantesco y oficial reconocimiento institucional que España le debía.
| Hito Temporal | El Legado de una Vida |
| 1931-1936 | Cúspide de su éxito en la España republicana. |
| 1939 | Brutal agresión homófoba y política; comienzo del veto en España. |
| 1942 | Exilio definitivo hacia Argentina. |
| 1992 | El Gobierno español le otorga la Orden de Isabel la Católica (tardío perdón histórico). |
Hoy, a tantas décadas de su partida, la figura de Miguel de Molina se agiganta. Ya no es solo el hombre que cantaba a La bien pagá; es el símbolo universal del artista que prefirió perder su tierra antes que su identidad y su libertad. Su eco sigue vivo cada vez que una camisa de lunares se mueve con orgullo sobre un escenario.