Pedro de Canija: cuando el flamenco pertenece a un pueblo

No todos los cantaores necesitan construir una carrera alrededor de grandes teatros y discográficas. Pedro Rubio Sánchez, “Pedro de Canija”, ha hecho del flamenco una parte de la memoria cotidiana de Casarabonela.

Hay artistas cuyo nombre viaja mucho más lejos que su lugar de nacimiento y otros cuya importancia resulta difícil de separar precisamente del territorio donde han cantado durante toda una vida. Pedro Rubio Sánchez, conocido como “Pedro de Canija” o “Pedro el de Canija”, pertenece claramente a esta segunda categoría.

Su nombre aparece ligado una y otra vez a Casarabonela, localidad malagueña de la Sierra de las Nieves con una importante tradición flamenca. Allí ha participado en festivales, reuniones y veladas, pero también en celebraciones populares donde el cante deja de funcionar únicamente como espectáculo y vuelve a convertirse en parte de la comunidad.

Quizá esa sea la mejor manera de acercarse a su figura.

No preguntándonos cuántos discos grabó o cuántos grandes teatros recorrió, sino cuántas veces su voz terminó formando parte de la vida de un pueblo.

La Atalaya Flamenca y una historia compartida

Casarabonela posee desde 1984 una de las citas flamencas veteranas de la provincia de Málaga: la Atalaya Flamenca. Cuatro décadas después de su nacimiento, el festival continúa reuniendo a algunas de las grandes voces del panorama andaluz.

Pedro de Canija forma parte de esa historia desde sus primeras etapas.

Cuando en 2017 se presentó la XXXIII edición del festival, el propio alcalde de Casarabonela lo describió como uno de los cantaores locales que habían comenzado en la Atalaya. Aquel año compartió cartel con Antonio Reyes, Julián Estrada, Virginia Gámez y Rosi “La Divi”, acompañado por guitarristas como Manolo Silveria, Niño Aljaima, Andrés Cansino e Ismael Rueda.

El dato resulta especialmente significativo.

Pedro no apareció en la Atalaya cuando el festival ya estaba consolidado.

Su voz pertenece también a la construcción de esa memoria.

Un cantaor de repertorio amplio

La Asociación Amigos de los Rondeles, de la que Pedro es socio veterano, ha destacado públicamente su faceta como cantaor y su conocimiento de los distintos palos del flamenco. El reconocimiento llegó además acompañado de algo mucho más personal: la Asociación decidió rendirle homenaje, imponerle su escudo y nombrarlo socio de honor.

Este tipo de reconocimiento tiene un significado diferente al de un premio obtenido en un concurso.

No procede únicamente de un jurado que escucha una actuación determinada.

Procede de quienes han convivido durante años con el artista.

Y en el flamenco, donde tantas veces el prestigio se construye en reuniones, peñas y noches compartidas, ese respeto tiene un valor especial.

Los fandangos de Antonio de Canillas

Entre los testimonios que encontramos sobre sus actuaciones aparece además una pista interesante sobre su personalidad cantaora.

En una velada celebrada en 2011 en el Museo del Cactus de Casarabonela, el cronista flamenco Antonio Beltrán Lucena destacó expresamente la actuación de Pedro y, de manera particular, sus fandangos del maestro Antonio de Canillas.

La referencia no es menor.

Antonio de Canillas representa una de las grandes escuelas del fandango malagueño y fue además un cantaor extraordinariamente ligado a los estilos de la provincia. Que Pedro haya cultivado aquellos fandangos lo sitúa dentro de una línea de transmisión muy concreta.

El fandango, cuando se aprende de esa manera, no es simplemente una melodía.

Es también acento.

Forma de respirar.

Manera de subir el tercio.

Y, sobre todo, memoria de quien lo cantó antes.

Flamenco entre pueblos

Su actividad tampoco quedó limitada exclusivamente a Casarabonela. En 2017, por ejemplo, aparece anunciado en una noche flamenca organizada por la Peña Los Cafeteras de Pizarra, compartiendo cante con Andrés Luque, Juan Gilaver, José Granados, Juan Antonio Benítez y José Ruiz.

Es el circuito de las peñas y festivales locales, una estructura fundamental para comprender el flamenco andaluz contemporáneo.

No todo ocurre en Sevilla, Jerez o Madrid.

Decenas de cantaores desarrollan durante años su arte en pueblos donde las peñas mantienen público, guitarristas, concursos y festivales. Allí se produce además algo especialmente valioso: el contacto directo entre generaciones.

Pedro de Canija pertenece a ese mundo.

La Salve de los Rondeles

Pero existe un momento donde su voz deja de ser únicamente flamenca y pasa a formar parte de algo todavía más amplio: la identidad cultural de Casarabonela.

Cada 12 de diciembre se celebra la Fiesta de los Rondeles, una tradición profundamente arraigada en el municipio. Cuando la Virgen llega a la iglesia de Santiago Apóstol, se interpreta la Salve.

Durante años, el encargado de cantarla ha sido Pedro Rubio Sánchez.

La propia Asociación Amigos de los Rondeles explica que cada frase interpretada por Pedro es repetida después por los numerosos asistentes congregados en la iglesia. Antes que él realizaron esta función Miguel Vicario Torres “Miguelito el Sacristán”, José Rueda Rojano y José González Ponce.

En 2018, La Razón todavía recogía a Pedro Rubio “El de Canija” como el cantaor encargado de interpretar aquella Salve al término de la procesión.

Aquí el escenario cambia completamente.

Ya no estamos ante un recital.

No hay concurso.

No hay que convencer a un jurado.

Hay un pueblo esperando una voz que conoce.

Cuando cantar también significa representar

Ese momento explica quizá mejor que cualquier otro quién es Pedro de Canija.

En determinados lugares, el cantaor termina adquiriendo una función que va mucho más allá de la música. Se convierte en alguien a quien la comunidad confía determinados momentos porque su voz ha terminado asociándose a ellos.

Eso difícilmente puede construirse mediante promoción.

Necesita años.

Presencia.

Confianza.

Y memoria compartida.

La Asociación Amigos de los Rondeles destacó al homenajearlo no sólo sus cualidades como cantaor, sino también su tolerancia, simpatía, amabilidad y amistad.

Es significativo que esas palabras aparezcan junto al reconocimiento artístico.

Porque el personaje y el cantaor parecen haber terminado formando parte de una misma memoria local.

La importancia de los artistas que permanecen cerca

La historia del flamenco suele mirar hacia quienes triunfaron lejos de su tierra.

Pero también necesita mirar a quienes decidieron permanecer cerca.

Cantaores como Pedro de Canija sostienen otra dimensión del género: la de las peñas, fiestas populares, festivales comarcales, homenajes y reuniones donde el flamenco continúa funcionando como una cultura compartida y no únicamente como producto escénico.

Tal vez por eso su historia no necesita exageraciones.

No hace falta convertirlo artificialmente en una gran estrella nacional para reconocer su importancia.

Pedro Rubio Sánchez es el cantaor de Casarabonela.

Ha participado desde las primeras etapas de uno de sus festivales flamencos más importantes, ha llevado su cante a localidades cercanas, ha mantenido en su repertorio formas vinculadas a maestros como Antonio de Canillas y durante años ha puesto voz a uno de los momentos más emotivos de la Fiesta de los Rondeles.

Eso constituye ya una trayectoria profundamente flamenca.

Porque el flamenco también se conserva así: cuando un pueblo reconoce una voz como suya.

Y en Casarabonela, desde hace muchos años, una de esas voces tiene nombre propio:

Pedro de Canija.