Pepe Vergara de Álora: cantar sin alejarse de la raíz
Ganó concursos, apareció en televisión, grabó discos y recorrió numerosos festivales, pero nunca necesitó alejarse de Álora para construir una identidad propia. Pepe Vergara entendió el flamenco como una herencia que había que conocer, cuidar y devolver a quienes vinieran detrás.
Hay artistas cuya trayectoria parece construida alrededor de la necesidad de marcharse. Madrid, Sevilla, los grandes tablaos o las giras internacionales fueron durante décadas caminos casi obligatorios para quien quisiera convertir el flamenco en profesión. Pepe Vergara eligió otro modelo.
Nació en Álora en 1948, dentro de una familia profundamente vinculada al cante. Su madre, Águeda Moreno, era una notable cantaora y había acompañado a su tío Pedro “El Polvorea”, profesional relacionado con compañías como las de El Pena Hijo, Corruco de Algeciras o Niño de la Huerta. Sus hermanos también cantaban y las reuniones de la familia Vergara formaron parte durante años de la vida flamenca de la localidad.
Pepe no tuvo que descubrir el flamenco.
Lo encontró en casa.
Álora no era simplemente su lugar de nacimiento
Hablar de Pepe Vergara significa hablar necesariamente de Álora, una localidad que reivindica históricamente su condición de “Cuna de la Malagueña” y que ha dado nombres fundamentales como El Canario de Álora, El Perote o los Penas. La propia Ruta Flamenca municipal recuerda esta genealogía y sitúa a Pepe dentro de su continuidad contemporánea.
Ese contexto explica buena parte de su personalidad artística.
Para él, cantar malagueñas no significaba simplemente incorporar un palo al repertorio. Era entrar en una tradición local que conocía de cerca, escuchar a quienes la habían conservado y asumir la responsabilidad de mantenerla viva.
El crítico Manuel Bohórquez lo definió después de su muerte como un “enorme malagueñero” y destacó especialmente su dominio de los cantes de su tierra y de los tangos del Piyayo.
Probablemente ahí se encuentre la mejor puerta para entrar en su obra.
El primer escenario y dos fandangos interminables
Su debut público estuvo rodeado de una de esas historias que parecen explicar perfectamente el carácter posterior del artista.
Tenía unos catorce o quince años cuando llegó a Álora el Teatro-Circo Coimbra. Alguien hizo correr la voz de que entre el público había un muchacho que cantaba muy bien y terminó siendo prácticamente empujado hacia la pista para que interpretara un par de fandangos.
Años después recordaría que aquellos dos cantes habían sido los más largos de su vida. Estaba tan nervioso que apenas podía mantenerse en pie.
Resulta difícil relacionar aquella inseguridad adolescente con el cantaor sólido que llegaría después, pero quizá ahí aparezca ya una característica que quienes lo conocieron repitieron durante toda su vida: la ausencia de divismo.
Pepe Vergara podía saber mucho de flamenco sin necesidad de demostrar constantemente que lo sabía.
Gente Joven: cuando la televisión miró hacia Álora
Uno de los mayores reconocimientos de su trayectoria llegó en 1980, cuando obtuvo el primer premio —compartido ex aequo con Fernando Zambrano— en el programa Gente Joven de TVE.
El Ayuntamiento de Álora conserva ese logro dentro de su Ruta Flamenca y lo considera uno de los hitos principales de la carrera del cantaor.
Aquel premio pudo haber servido como punto de partida para construir una trayectoria más orientada hacia los grandes circuitos nacionales. Pepe, sin embargo, continuó muy ligado a Málaga, a las peñas y a su propia tierra.
No fue falta de categoría.
Fue otra forma de entender la profesión.
Ángel de Álora, Piyayo y Macandé
Toda tradición necesita maestros y, en el caso de Pepe Vergara, uno de los nombres fundamentales fue Ángel de Álora.
De él aprendió especialmente los cantes del Piyayo y los fandangos de Macandé, repertorios que Vergara terminó interpretando con enorme personalidad. La relación fue tan profunda que, después de la muerte de Ángel, llegó a dedicarle una letra propia utilizando precisamente aquella forma cantaora que había recibido de él.
Aquí aparece algo esencial en la transmisión flamenca.
Aprender un cante no consiste únicamente en memorizar una melodía.
Hay que observar cómo respira el maestro, dónde coloca la palabra, cuánto espera antes del remate y qué parte de la forma puede modificarse sin perder su identidad.
Pepe Vergara recibió ese conocimiento y después lo entregó nuevamente.
Por eso quienes convivieron con él insistían en definirlo como maestro y continuador de los cantes de Málaga, especialmente fiel a su pureza estilística.
Los tangos del Piyayo: un territorio propio
Entre todos los estilos que dominó, los tangos del Piyayo terminaron ocupando un lugar especialmente reconocible.
Rafael Flores Nieto “El Piyayo” había construido una forma muy particular de tangos, vinculada a Málaga y marcada por una musicalidad fácilmente identificable. No es un cante que pueda resolverse únicamente mediante fuerza vocal: necesita gracia rítmica, intención y conocimiento de su peculiar estructura.
Vergara los convirtió en una de sus especialidades.
Que precisamente uno de aquellos tangos sonara durante su funeral resulta especialmente simbólico. Manuel Bohórquez recordó la emoción que produjo escuchar su propia voz en la capilla del cementerio de Álora mientras se despedía al cantaor.
El artista ya no estaba.
El cante seguía hablando por él.
Un cantaor largo que eligió cuidar lo cercano
Sería injusto reducir a Pepe Vergara únicamente a los estilos malagueños. Quienes lo conocieron destacan que dominaba numerosos palos, y su actividad en festivales y peñas demuestra que tenía recursos suficientes para desenvolverse ampliamente dentro del repertorio.
Pero existe una diferencia entre saber cantar muchas cosas y decidir cuáles van a definirte.
Pepe eligió la memoria de Málaga.
En 1991 participó en el Primer Circuito de los Cantes Autóctonos, organizado por la Confederación Andaluza de Peñas Flamencas, ilustrando precisamente una conferencia dedicada a los cantes malagueños y recorriendo después las provincias andaluzas.
No actuaba únicamente como intérprete.
También estaba explicando musicalmente un patrimonio.
Los discos que dejaron constancia
Su producción discográfica permitió conservar buena parte de ese repertorio. Entre sus trabajos aparecen títulos como Álora vuelve a cantar, Lo mejor de Pepe Vergara, Con mis recuerdos, Capricho con arte y su participación en Málaga cantaora, grabado en 1994 con motivo del Congreso de Arte Flamenco celebrado en Estepona.
Esos registros tienen hoy un valor que quizá no parecía tan evidente cuando fueron publicados.
Permiten escuchar una forma de interpretar los cantes malagueños desde alguien que no se acercaba a ellos como investigador externo.
Pepe pertenecía al territorio que estaba cantando.
Y eso se nota.
La Peña Flamenca como segunda casa
La Peña Flamenca de Álora, fundada en 1970, fue otro de los grandes espacios de su vida. Allí se cantaba, se discutía de flamenco, se aprendían estilos y se reunían generaciones diferentes.
Quienes vivieron aquellos años recuerdan especialmente las veladas protagonizadas por la familia Vergara, con Águeda Moreno, Pepe, su hermano Miguel “El Pibri” y otros miembros de la casa. Algunas de aquellas reuniones continuaban hasta la madrugada cuando la peña cerraba sus puertas.
Ese ambiente es fundamental para comprenderlo.
Pepe no entendía el flamenco únicamente como escenario.
Lo entendía también como conversación.
Como reunión.
Como escuchar al de al lado.
Como aprender.
Un artista mayor de lo que parecía desde fuera
Existe una frase especialmente reveladora de Manolo Vergara, presidente de la Peña Flamenca de Álora: los vecinos pudieron no ser plenamente conscientes de la dimensión de Pepe porque lo tenían demasiado cerca y podían escucharlo casi a diario.
Es algo que ocurre con frecuencia.
La proximidad normaliza la excelencia.
Cuando un artista está siempre disponible en una peña, un festival cercano o una reunión familiar, puede parecer menos extraordinario que alguien que aparece envuelto en la distancia de los grandes escenarios.
Pepe Vergara no necesitó convertirse en un personaje inaccesible.
Siguió siendo el cantaor de Álora.
Y precisamente por eso Álora terminó convirtiéndolo en parte de su propia memoria.
El último cante
Pepe Vergara falleció en noviembre de 2009, a los 61 años, después de sufrir un infarto.
Un año después, el Festival de Cante Grande de Álora le rindió homenaje, y el municipio terminó incorporando su figura a su patrimonio flamenco. Hoy una placa en la calle Negrillos recuerda el lugar donde vivió, mientras su nombre forma parte oficialmente de la Ruta Flamenca de la localidad.
No está allí simplemente porque fuese vecino.
Está porque representa una continuidad.
Desde las antiguas malagueñas aloreñas hasta las generaciones contemporáneas, Pepe Vergara funcionó como uno de esos eslabones que permiten que una tradición no se interrumpa.
Quizá esa sea su verdadera importancia.
No necesitó transformar radicalmente el flamenco ni buscar una revolución estética. Hizo algo igualmente necesario: conoció profundamente los cantes de su tierra, los cantó con dignidad y se aseguró de que continuaran sonando.
Álora había producido grandes cantaores antes que él.
Después llegarían otros.
Entre ambos mundos estuvo Pepe Vergara, escuchando a los mayores y dejando repertorio para los jóvenes.
A veces conservar una raíz con personalidad suficiente es también una forma de crear. Y Pepe Vergara hizo de esa fidelidad a Álora una de las maneras más sinceras de entender el flamenco.
