Rafael Romero “El Gallina”: cantar la memoria

Su voz no buscaba deslumbrar y su cante parecía a veces más dicho que cantado. Rafael Romero fue uno de esos artistas capaces de convertir la memoria oral del flamenco en un archivo vivo.

Hay cantaores que permanecen en la historia porque transformaron radicalmente un estilo y otros cuya grandeza consistió en evitar que determinadas formas desaparecieran. Rafael Romero Romero, conocido como “El Gallina”, pertenece especialmente a este segundo grupo.

Nacido en Andújar en 1910, creció escuchando flamenco dentro de su propia familia y entre aficionados de Andújar y Linares. Su padre tocaba la guitarra y conocía los cantes relacionados con José Yllanda, mientras el joven Rafael aprendía también mediante los discos de Manuel Torre, Tomás Pavón o La Niña de los Peines. A los doce años ya ganaba dinero cantando. Aquella educación basada fundamentalmente en escuchar acabaría siendo decisiva: Romero se convirtió con los años en uno de los grandes depositarios de repertorios antiguos.

Un cante que parecía hablar

La primera impresión al escuchar a Rafael Romero puede resultar desconcertante para quien espere una voz espectacular. Su garganta no estaba construida para exhibir potencia ni para buscar grandes efectos. Su manera de cantar era íntima, contenida y profundamente personal.

Diversos críticos destacaron precisamente ese carácter casi hablado o susurrado de su interpretación. La palabra tenía una enorme importancia y los tercios podían aparecer despojados de cualquier adorno innecesario. Ramón Porras llegó a considerar que pocos artistas habían acercado tanto el cante a la palabra, mientras Ángel Álvarez Caballero lo definió sencillamente como un profundo conocedor del género.

Ahí estaba su fuerza.

Rafael Romero no parecía querer convencer al oyente.

Lo obligaba a acercarse.

El valor de saber muchos cantes

En flamenco suele utilizarse la expresión “cantaor largo” para referirse a quien domina numerosos estilos. Rafael Romero lo fue de una manera extraordinaria.

Cuando en 2010 se preparó una gran antología con motivo del centenario de su nacimiento, el material reunía alrededor de cincuenta estilos y noventa y cinco variantes, registrados principalmente durante los años cincuenta. La cifra ofrece una idea del conocimiento que acumulaba y de la variedad de repertorios que manejaba.

Pero la importancia no está simplemente en contar palos.

Romero conocía diferencias internas, melodías poco frecuentes y maneras de cantar recibidas de generaciones anteriores. Podía pasar por tonás, seguiriyas, peteneras, cañas, mirabrás o cantes mineros sin convertirlos en simples ejercicios de repertorio.

Era precisamente ese conocimiento el que hacía de él un transmisor.

La Antología del Cante Flamenco: grabar antes de que se perdiera

Uno de los momentos fundamentales de su obra llegó en 1955, cuando participó en la histórica Antología del Cante Flamenco de Hispavox, dirigida musicalmente por Perico el del Lunar.

Rafael grabó allí seguiriyas, tonás, peteneras, alboreás y mirabrás, entre otros estilos. La obra recibió además el reconocimiento de la Academia Francesa del Disco y terminó convirtiéndose en uno de los documentos esenciales para conocer cómo se entendían determinados cantes a mediados del siglo XX.

Vista desde hoy, aquella grabación tiene un valor todavía mayor.

En una época en la que muchas formas seguían dependiendo fundamentalmente de la transmisión oral, llevarlas al disco significaba ofrecerles una posibilidad nueva de supervivencia.

Romero entendió perfectamente esa responsabilidad.

Zambra: dieciocho años escuchando y cantando

Su larga etapa madrileña resulta igualmente fundamental. Llegó a la capital tras la Guerra Civil y terminó formando parte durante dieciocho años del tablao Zambra, uno de los centros neurálgicos del flamenco de posguerra. Allí convivió con artistas como Pericón de Cádiz, Juan Varea, Pepe el Culata y Rosa Durán, mientras Perico el del Lunar se convirtió en una referencia esencial para su desarrollo artístico.

Los tablaos de aquella época funcionaban como verdaderas universidades nocturnas.

Cada cantaor llegaba con repertorios diferentes y el aprendizaje nunca terminaba. Romero escuchaba, retenía y relacionaba aquello con las formas que había conocido desde niño en Jaén.

Así fue construyendo una memoria excepcional.

La delicadeza también puede ser jonda

Existe un prejuicio frecuente según el cual el flamenco profundo necesita necesariamente una voz desgarrada o una interpretación violenta.

Rafael Romero demuestra lo contrario.

Podía cantar con enorme intensidad sin levantar excesivamente la voz. Su jondura dependía más de la colocación del tercio, la intención y el respeto por la arquitectura del cante que del volumen.

Manuel Ríos Ruiz destacó precisamente su capacidad para cantar con gran delicadeza, mientras Fernando Quiñones lo consideraba capaz de dominar numerosos registros manteniendo siempre solera y calidad.

Aquella delicadeza no significaba fragilidad.

Era control.

Un jiennense convertido en viajero del flamenco

Rafael Romero llevó además aquel repertorio extraordinariamente antiguo a escenarios internacionales. Actuó en París, Londres, Milán, Bruselas, Estados Unidos y Japón, entre otros destinos, formando parte de compañías y espectáculos que ayudaron a internacionalizar el flamenco mucho antes de que el género alcanzara la difusión global actual.

La imagen contiene una hermosa paradoja.

Un cantaor formado escuchando a familiares, aficionados de Andújar y viejas voces flamencas terminaba presentando aquellas músicas ante públicos situados a miles de kilómetros de Andalucía.

Lo local se había convertido en universal sin abandonar su raíz.

El reconocimiento de los propios flamencos

En 1973, la Cátedra de Flamencología de Jerez le concedió el Premio Nacional de Cante, reconocimiento especialmente significativo para un artista cuya trayectoria había estado siempre vinculada al conocimiento de los estilos.

Pero quizá resulte todavía más importante el respeto que despertaba entre otros profesionales.

Su influencia llegó hasta generaciones posteriores y el propio Instituto Andaluz del Flamenco ha recordado cómo Carmen Linares tuvo presente su magisterio dentro de su formación artística.

Eso es probablemente una de las formas más profundas de permanecer.

Cuando otro gran artista continúa escuchándote después.

Un cantaor que conservó antes de que conservar estuviera de moda

Rafael Romero murió en Madrid el 3 de enero de 1991. La publicación especializada El Olivo resumió entonces la pérdida como la desaparición de una auténtica página viviente de la historia del flamenco.

La expresión resulta especialmente adecuada.

Porque Romero fue exactamente eso: historia que todavía podía escucharse directamente en una garganta.

Hoy disponemos de archivos digitales, reediciones, investigadores y centros de documentación capaces de conservar miles de grabaciones. Durante buena parte de su vida, la situación era completamente distinta. Si una persona olvidaba un cante y nadie más lo recordaba, aquel fragmento podía desaparecer.

Rafael Romero perteneció a una generación que evitó muchas de esas pérdidas simplemente haciendo lo que siempre había hecho:

escuchar, recordar y volver a cantar.

Escuchar hoy a Rafael Romero

Quien se acerque actualmente a su obra debería hacerlo sin buscar espectáculo inmediato.

Conviene escuchar despacio.

Una petenera.

Una caña.

Una toná.

Un mirabrás.

Y prestar atención a cómo coloca las palabras, cuánto aire deja entre los tercios y cómo consigue que cantes muy antiguos no parezcan piezas arqueológicas.

Ahí aparece el verdadero Rafael Romero.

No el cantante que intenta impresionar, sino el hombre que parece conversar con todo lo que había escuchado antes.

Por eso su legado sigue teniendo un valor especial.

Muchos artistas dejaron grandes discos.

Rafael Romero dejó además una parte de la memoria del flamenco dentro de ellos.

Y quizá esa sea la mejor manera de definir a “El Gallina”: un cantaor que no necesitó inventar constantemente el futuro porque comprendió que, en ocasiones, salvar el pasado también era una forma extraordinaria de hacerlo avanzar.