Tía Bolola: la casa donde aprendía Jerez

Apenas grabó, nunca construyó una gran carrera profesional y durante mucho tiempo su nombre permaneció fuera de los circuitos comerciales. Sin embargo, algunos de los mayores cantaores de Jerez acudían a escucharla. Rafaela Montoya “La Bolola” representa ese otro flamenco que sobrevivió lejos de los escenarios.

La historia del flamenco suele escribirse alrededor de discos, teatros, concursos y grandes figuras profesionales, pero una parte fundamental del cante se conservó durante décadas en lugares mucho más modestos: casas familiares, ventas, patios y reuniones privadas donde nadie cantaba pensando en una crítica o en una compañía discográfica.

En ese mundo ocupó un lugar especial Rafaela Montoya Dávila, conocida como La Bolola o Tía Bolola, nacida en Jerez de la Frontera en 1910 y fallecida en la misma ciudad en 1984. Gitana del barrio de Santiago y prima de Tío Paulera “El Viejo”, pertenecía a un ambiente donde el flamenco se aprendía fundamentalmente escuchando y donde determinadas maneras de cantar podían permanecer dentro de unas pocas familias durante generaciones.

Su nombre no alcanzó la popularidad de La Paquera, Antonio Mairena o Camarón. Lo extraordinario es que algunos de ellos sí sabían perfectamente quién era Tía Bolola.

Una cantaora fuera de los escenarios

Rafaela Montoya no desarrolló una trayectoria profesional comparable a la de otras cantaoras jerezanas de su generación. Su arte permaneció fundamentalmente ligado a las reuniones privadas, una circunstancia muy frecuente entre mujeres gitanas que poseían un enorme conocimiento flamenco pero a las que las convenciones familiares y sociales dificultaban o directamente impedían convertirse en profesionales.

Ese fenómeno explica uno de los grandes vacíos de la historia del flamenco. Durante décadas hubo mujeres que enseñaron estilos, conservaron letras y transmitieron determinadas formas de compás sin dejar apenas grabaciones. Sus nombres podían ser enormemente respetados dentro de una familia o de un barrio y resultar completamente desconocidos veinte kilómetros más allá.

Tía Bolola pertenece plenamente a esa tradición.

Una publicación especializada dedicada a las grabaciones recuperadas de la cantaora subraya precisamente el papel desempeñado por estas mujeres en la educación musical de las generaciones siguientes y recuerda que muchas de ellas quedaron prácticamente anónimas para el gran público.

En casa de Tía Bolola

La verdadera historia de Rafaela se encuentra alrededor de la venta que mantenía junto a su marido, Fernando “Batacazo”, en las afueras de Jerez, por la antigua carretera hacia El Puerto de Santa María. Otras fuentes sitúan aquellas reuniones en su choza de la zona de El Portal, cerca del cortijo de Frías.

Aquel lugar terminó convirtiéndose en una especie de santuario privado del cante.

Por allí pasaron Antonio Mairena, La Paquera de Jerez, Tío Borrico, Tío Juane, Agujetas, miembros de las familias Moneo y Rubichi y otros grandes conocedores del flamenco jerezano. Algunas fuentes recuerdan también la presencia de Camarón. No acudían a contemplar un espectáculo preparado para turistas ni a escuchar un repertorio ensayado; iban a compartir una reunión y, sobre todo, a encontrarse con determinadas formas antiguas de cantar.

La diferencia es esencial.

En casa de Tía Bolola no existía escenario porque la propia reunión era el flamenco.

«La levadura del cante de Jerez»

Existe una frase atribuida a Antonio Mairena que probablemente explique mejor que cualquier otra la consideración que despertaba la cantaora. Según recordó Diario de Jerez, Mairena decía que el cante de La Bolola era “la levadura del cante de Jerez”.

La metáfora es magnífica.

La levadura apenas se ve, pero hace crecer todo lo que tiene alrededor.

Tía Bolola no necesitó ocupar el primer plano para ejercer influencia. Conservaba un conocimiento que otros artistas reconocían y acudían a buscar. El hecho de que profesionales de aquella categoría se sentaran a escucharla obliga a reconsiderar la manera en que medimos la importancia de un cantaor.

No todo legado necesita una extensa discografía.

Algunas veces basta con haber enseñado a quienes después grabaron los discos.

Un cante corto, hablado y lleno de compás

Las grabaciones privadas que consiguieron conservarse permiten comprender parte de aquel prestigio. Su voz no era grande en volumen y las descripciones coinciden en hablar de un cante corto, casi hablado, pero extraordinariamente bien colocado dentro del compás.

Sus territorios principales fueron las bulerías, la bulería por soleá y la seguiriya. Una grabación realizada en 1981, apenas tres años antes de su muerte, conserva su peculiar manera de hacer la bulería por soleá, mientras otra recoge su cante por seguiriyas acompañada por la guitarra de Moraíto Chico y arropada por Antonio Mairena.

Es especialmente interesante su forma de cantar porque demuestra que la intensidad flamenca no depende necesariamente de una voz poderosa. En Bolola importaban la colocación, la dicción, el sentido rítmico y aquella capacidad tan difícil de definir de decir una letra de manera que pareciera haber pertenecido siempre a quien la estaba cantando.

No imponía el cante.

Lo dejaba caer exactamente donde debía.

Las cintas que salvaron una voz

Durante muchos años apenas se conocían algunos fragmentos incluidos en recopilaciones de Testimonios Flamencos. La situación cambió cuando aficionados e investigadores comenzaron a reunir grabaciones privadas realizadas durante aquellas fiestas en su casa.

De ese trabajo surgió el disco En ca Tía Bolola, publicado dentro de la colección Flamenco y Universidad. El documento reunió registros en los que aparecen no sólo Rafaela, sino también voces como La Paquera, Antonio Mairena, Tío Juane y otros participantes de aquellas reuniones.

El valor de esas cintas va mucho más allá de la calidad sonora.

Nos permiten escuchar cómo funcionaba un flamenco que normalmente desaparecía cuando terminaba la fiesta. No estaba pensado para convertirse en disco, precisamente por eso conserva algo especialmente valioso: la espontaneidad de una reunión real.

Cada una de aquellas grabaciones es casi una ventana abierta a una habitación de Jerez que ya no existe.

Las mujeres que conservaron el flamenco desde dentro

Tía Bolola permite además recuperar una historia mucho más amplia.

El flamenco debe una parte enorme de su patrimonio a mujeres que apenas pisaron los escenarios. Madres, abuelas, tías y vecinas transmitieron cantes dentro de las familias mientras los hombres tenían muchas más posibilidades de construir carreras profesionales.

Algunas terminaron siendo conocidas gracias a circunstancias excepcionales. Tía Anica la Piriñaca, por ejemplo, pudo registrar parte de su repertorio ya en una edad avanzada. Muchas otras desaparecieron sin dejar siquiera una cinta.

Bolola estuvo cerca de sufrir ese mismo destino.

Las grabaciones de aficionados impidieron que su voz quedara completamente reducida al recuerdo de quienes la habían conocido.

Escuchar lo pequeño

Quizá el mayor interés de Tía Bolola para el aficionado actual esté precisamente en obligarnos a escuchar de otra manera.

Vivimos en una época acostumbrada a voces amplificadas, grandes producciones y artistas técnicamente extraordinarios. Frente a todo eso aparece una mujer cantando en una habitación, con una voz pequeña y unas formas aparentemente sencillas.

Hay que acercarse.

Escuchar la palabra.

Esperar el remate.

Percibir cómo entra dentro del compás.

Entonces se comprende por qué artistas que podían escuchar a prácticamente cualquier cantaor de su tiempo seguían acercándose a su casa.

No iban buscando espectáculo.

Iban buscando memoria.

La grandeza que nunca necesitó fama

Tía Bolola murió en Jerez en 1984 sin haber alcanzado una gran notoriedad pública. Décadas después, su nombre sigue siendo considerablemente menos conocido que el de los artistas que acudían a escucharla.

Pero quizá eso explique precisamente la importancia de recuperarla.

Porque la historia del flamenco no está formada únicamente por quienes llenaron teatros. También pertenece a quienes conservaron un tercio, una manera de hacer una bulería o un determinado sentido del compás hasta que otra generación pudo recibirlo.

Rafaela Montoya fue una de esas personas.

Su casa funcionó como un archivo sin estanterías, donde los documentos no eran papeles sino cantes transmitidos de una garganta a otra.

Y cuando Antonio Mairena la llamó “la levadura del cante de Jerez”, quizá estaba señalando exactamente eso: una presencia discreta pero imprescindible, escondida dentro de una tradición mucho mayor.

Tía Bolola no necesitó que Jerez la escuchara desde un escenario. Algunos de los mejores cantaores de Jerez fueron directamente hasta su casa para escucharla a ella.