Francisco Doncel Quirós llegó a ser anunciado en Madrid como “el coloso del cante andaluz”. Grabó junto a grandes guitarristas, compartió cartel con figuras esenciales de su tiempo y creó un fandango de enorme personalidad. La Guerra Civil truncó su trayectoria, pero no consiguió borrar su voz.
Hay artistas cuya memoria se conserva gracias a una gran industria discográfica y otros que sobreviven porque un pueblo se niega a olvidarlos. El Niño de la Rosa Fina pertenece a este segundo grupo, aunque durante algunos años llegó a ocupar un lugar mucho más importante en el flamenco profesional de lo que hoy podría imaginar quien se acerque por primera vez a su nombre.
Francisco Doncel Quirós nació en Casares, Málaga, en 1896, dentro de una familia humilde vinculada al trabajo agrícola. Creció en un entorno donde el fandango formaba parte de la vida cotidiana, de las reuniones y de una cultura musical local que encontraba en el cante una de sus formas más naturales de expresión. Aquella raíz casareña nunca desaparecería de su manera de cantar y acabaría convirtiéndose precisamente en uno de los elementos que lo hicieron reconocible.
Del pueblo a los grandes elencos flamencos
Su carrera comenzó a desarrollarse entre la zona occidental de Málaga y el Campo de Gibraltar, pero a comienzos de los años treinta dio un salto importante. En 1930 fue contratado en el Kursaal Olimpia de Sevilla, uno de los espacios destacados del espectáculo de la época, y muy pronto empezó a compartir programas con artistas que entonces ocupaban la primera línea.
La Niña de los Peines, Angelillo, Carbonerillo, Sabicas o Niño Ricardo formaban parte del mismo universo profesional en el que Rosa Fina logró hacerse un sitio. No era ya únicamente un cantaor conocido en su comarca, sino un artista que comenzaba a recorrer los principales circuitos de aquella etapa conocida como la ópera flamenca.
La medida de aquella progresión puede entenderse mejor observando cómo fue presentado en Madrid en 1933: la publicidad de la época llegó a anunciarlo como “el coloso del cante andaluz” y como uno de los grandes acontecimientos de la temporada.
Aquel hombre procedente de una familia de segadores de Casares estaba alcanzando, en muy pocos años, una dimensión nacional.
Un fandango que llevaba su firma
El fandango ocupó el centro de su personalidad artística.
Rosa Fina desarrolló un fandango amalagueñado de enorme dificultad, construido sobre una voz dúctil y una manera muy personal de conducir los tercios. Juanito Valderrama, que conocía bien aquellas escuelas antiguas, recordaría años después la popularidad y complejidad del estilo de Rosa Fina.
No era simplemente otra variante dentro de la enorme cantidad de fandangos personales que surgieron durante aquellos años. Había un sonido propio, una manera específica de elevar la melodía y una relación muy fuerte con el fandango tradicional de Casares.
Una de sus letras terminó prácticamente convertida en declaración de identidad:
“Soy de Casares, señores…”
La importancia de aquel cante no quedó limitada a su época. Los fandangos de Rosa Fina continuaron formando parte del patrimonio musical local y todavía hoy aparecen como una referencia esencial cuando se habla del fandango de Casares.
Ahí se produce una de las cosas más hermosas que pueden ocurrirle a un cantaor: su creación deja de pertenecerle únicamente a él y pasa a formar parte de la cultura de quienes vienen después.
Mucho más que fandangos
Reducirlo exclusivamente al fandango sería, sin embargo, quedarse corto.
Entre 1931 y 1933 grabó trece placas de pizarra para la casa Gramófono, registros que permiten escuchar una amplitud de repertorio considerable para un artista cuya carrera discográfica fue relativamente breve. En ellas aparecen fandangos, pero también malagueñas, granaínas, tarantas, soleares, campanilleros y una singular praviana.
En aquellas grabaciones estuvo acompañado por guitarristas como Pepe de Badajoz, Antonio Moreno y Patena Hijo, nombres importantes del acompañamiento flamenco del momento.
Su versión de la praviana resulta particularmente interesante porque muestra hasta qué punto Rosa Fina estaba dispuesto a salir de los repertorios más previsibles. El cante, de raíz asturiana y posteriormente aflamencado, aparece en su discografía con una interpretación muy poco habitual dentro de los registros antiguos.
También en sus granaínas y campanilleros pueden encontrarse giros personales que demuestran que no era un cantaor dedicado simplemente a reproducir modelos conocidos.
Había búsqueda.
Y, sobre todo, había personalidad.
Una generación quebrada por la Guerra Civil
El destino de Rosa Fina cambió radicalmente con la Guerra Civil.
Su trayectoria había alcanzado precisamente uno de sus mejores momentos cuando el conflicto destruyó gran parte de las estructuras profesionales en las que trabajaban los artistas flamencos. En su caso, además, las consecuencias fueron especialmente duras.
Rosa Fina había grabado en 1932 un fandango de contenido republicano, y su identificación con aquel entorno político terminaría condicionando profundamente su vida durante la guerra. Al comenzar el conflicto emprendió junto a su familia una huida que lo llevó desde Málaga hacia Almería durante la dramática evacuación de la población civil conocida como la Desbandá.
Posteriormente pasó por Cataluña y finalmente cruzó a Francia.
En 1939 fue internado junto a su familia en un campo de concentración francés para refugiados españoles, concretamente en Bram.
La distancia con aquel Madrid de 1933 donde había sido anunciado como “el coloso del cante andaluz” difícilmente podía ser mayor.
En apenas unos años había pasado de los grandes carteles flamencos al exilio y al internamiento.
Un regreso que nunca recuperó lo perdido
Cuando regresó a España, su carrera ya no volvió a ser la misma.
La posguerra había cambiado el país, el circuito artístico y también su propia vida. Además, conoció entonces la noticia de que su hermano Diego, conocido como “Rosita Chico”, había sido fusilado durante la represión.
Rosa Fina continuó cantando de manera ocasional y todavía participó en actuaciones y reuniones entre Málaga y Cádiz durante las décadas posteriores, pero aquella gran trayectoria profesional que parecía estar construyéndose antes de la guerra no llegó a recuperarse.
El hombre que había compartido cartel con algunas de las figuras más importantes del flamenco terminó alejándose progresivamente de los grandes escenarios.
No perdió, sin embargo, el vínculo con el cante.
Ni con Casares.
Cuando el artista desaparece pero el estilo permanece
Éste es quizá el punto más interesante de su historia.
Rosa Fina fue desapareciendo del gran circuito profesional, pero su fandango permaneció en el pueblo.
Otros cantaores y aficionados fueron conservando aquella manera de cantar, adaptándola y transmitiéndola. Entre quienes continuaron esa línea destaca también la propia tradición familiar y artística de Casares, donde sus estilos siguieron formando parte de reuniones y festivales.
De esta manera, aquello que podía haber quedado reducido a unas cuantas placas antiguas se convirtió en una memoria viva.
Francisco Doncel Quirós falleció en Casares en 1981. Su muerte llegó después de décadas en las que su figura había quedado injustamente apartada de los grandes relatos sobre la historia del flamenco.
El tiempo, afortunadamente, ha comenzado a corregir parte de ese olvido.
Trece placas recuperadas del silencio
En los últimos años se ha producido una recuperación especialmente importante de su obra. Su discografía completa ha sido restaurada y digitalizada, permitiendo volver a escuchar las trece placas de pizarra registradas entre 1931 y 1933.
Ese trabajo cambia nuestra manera de acercarnos a Rosa Fina.
Ya no dependemos únicamente de recuerdos transmitidos por antiguos aficionados o de referencias dispersas en libros y periódicos. Podemos escuchar su voz, comparar los diferentes estilos y comprobar directamente que detrás de aquella fama existía un cantaor de recursos muy amplios.
Y eso confirma algo esencial: Rosa Fina no merece ser recordado únicamente como una curiosidad local.
Fue un profesional importante de su tiempo.
Casares devolvió su nombre al flamenco
Hoy su pueblo ha recuperado plenamente aquella memoria.
El Festival Flamenco Rosa Fina de Casares lleva su nombre y se ha convertido en un espacio dedicado no sólo a homenajear al antiguo cantaor, sino también a conectar la tradición local con el flamenco contemporáneo.
Quizá sea una forma especialmente justa de reparar el olvido.
El hombre que vio su carrera quebrada por la guerra y que terminó sus días lejos de aquella fama de los años treinta vuelve a estar presente cada vez que el flamenco ocupa las calles y escenarios de Casares.
No mediante una estatua silenciosa.
Mediante cante.
El Niño de la Rosa Fina: volver a escuchar antes de juzgar
Su historia permite también reflexionar sobre cuántos artistas quedaron fuera de la memoria flamenca por razones que tuvieron poco que ver con su calidad.
La guerra, el exilio, la pobreza, la ausencia de grabaciones accesibles y el cambio de los gustos artísticos fueron dejando nombres atrás. Durante décadas, Rosa Fina fue uno de ellos.
Pero las placas permanecieron.
Y el fandango permaneció.
Eso es suficiente para reconstruir su verdadera dimensión.
Francisco Doncel Quirós salió de Casares, alcanzó los grandes escenarios del flamenco y creó una manera personal de cantar que la historia estuvo a punto de enterrar. Hoy, casi un siglo después de aquellas grabaciones, su voz vuelve a escucharse y su pueblo continúa cantando su fandango. Quizá no exista una forma más hermosa de regresar.
