Pericón de Cádiz: cuando cantar también era contar
Juan Martínez Vílchez no fue únicamente un gran intérprete de los cantes de Cádiz. Fue también memoria oral, humor, personalidad y una manera de entender el flamenco desde la experiencia vivida. En Pericón, la voz y la palabra pertenecían al mismo mundo.
Hay cantaores a los que recordamos por una soleá, otros por una seguiriya y algunos porque representan casi por completo una forma de estar dentro del flamenco. Pericón de Cádiz pertenece a este último grupo.
Nacido en Cádiz en 1901, Juan Martínez Vílchez creció dentro de una ciudad donde el cante estaba presente en patios, tabernas, reuniones familiares, cafés y fiestas. Su formación no respondió a una enseñanza académica, sino a esa transmisión directa en la que aprender significaba escuchar a los mayores, observar cómo resolvían un tercio y guardar en la memoria aquello que no estaba escrito en ninguna parte.
Con el tiempo se convertiría precisamente en eso: uno de los grandes guardianes de la memoria flamenca gaditana.
Cádiz dentro del cante
Hablar de Pericón significa hablar inevitablemente de Cádiz.
Su repertorio estuvo profundamente relacionado con alegrías, tangos, bulerías, soleares y otros estilos vinculados a la tradición gaditana, pero lo verdaderamente importante no era solamente qué cantaba, sino cómo lo hacía.
Había ligereza cuando el cante la necesitaba.
Había compás.
Había ironía.
Y también una manera de decir las letras que parecía proceder directamente de una conversación.
Pericón no necesitaba endurecer artificialmente el gesto para demostrar profundidad. Incluso en los estilos más serios conservaba una naturalidad que resultaba inconfundible.
Esa capacidad constituye una de las grandes virtudes de la escuela de Cádiz: hacer difícil lo aparentemente sencillo.
Cantar sin perder la conversación
Una de las características que más llaman la atención cuando se escucha a Pericón es su manera de colocar la palabra.
La letra no aparece únicamente como soporte de una melodía.
Se entiende.
Se cuenta.
Se saborea.
Había cantaores de mayor potencia vocal y otros con recursos técnicos más espectaculares, pero pocos consiguieron que una letra pareciera tan cercana.
Pericón conocía algo esencial: en el flamenco no basta con producir sonido.
Hay que conseguir que el oyente crea lo que se está diciendo.
Por eso su cante conserva todavía hoy una extraordinaria frescura.
No parece construido para impresionar.
Parece construido para comunicar.
Una generación que aprendió escuchando
Pericón perteneció a una época en la que gran parte de la historia del flamenco todavía sobrevivía principalmente en la memoria de los propios artistas.
Los cantaores recordaban quién había hecho una determinada soleá, cómo cantaba un viejo maestro o qué ocurrió cierta noche en un café de Cádiz. Esa información pasaba de una generación a otra mediante conversaciones, reuniones y anécdotas.
Pericón absorbió una cantidad extraordinaria de ese conocimiento.
Conoció ambientes, artistas y personajes pertenecientes a un mundo que progresivamente iba desapareciendo. Por eso sus recuerdos terminaron adquiriendo un valor que superaba ampliamente la simple anécdota.
Cuando hablaba de flamenco, estaba conservando historia.
El narrador extraordinario
Aquí aparece probablemente la faceta que hace de Pericón una figura realmente excepcional.
Era un narrador formidable.
Sus historias estaban llenas de personajes pintorescos, hambre, ingenio, artistas, señoritos, tabernas, engaños, viajes imposibles y situaciones donde no siempre resultaba fácil saber dónde terminaba el recuerdo y dónde comenzaba la imaginación.
Pero quizá ése sea precisamente su encanto.
Pericón pertenecía a una tradición oral en la que una historia no tenía necesariamente que funcionar como un documento notarial. Debía contener verdad humana.
Y él sabía encontrarla.
Su manera de hablar poseía el mismo sentido del ritmo que su manera de cantar. Sabía detenerse antes del remate, administrar una sorpresa y convertir una situación aparentemente trivial en un pequeño relato memorable.
«Las mil y una historias de Pericón de Cádiz»
Buena parte de aquel extraordinario patrimonio oral consiguió conservarse gracias al trabajo realizado con José Luis Ortiz Nuevo, quien recogió sus conversaciones y recuerdos en el libro Las mil y una historias de Pericón de Cádiz.
La obra terminó convirtiéndose en mucho más que unas memorias.
Es una de las grandes ventanas hacia el flamenco vivido desde dentro durante las primeras décadas del siglo XX.
Pericón habla de artistas, penurias, fiestas, cafés cantantes y situaciones cotidianas con una libertad narrativa extraordinaria. Su voz literaria mantiene exactamente aquello que lo hacía especial como personaje: el humor aparece incluso en momentos difíciles y detrás de muchas anécdotas se descubre una sociedad en la que los artistas flamencos debían recurrir constantemente al ingenio para sobrevivir.
Leer a Pericón es escuchar hablar a una época.
Humor nacido de la necesidad
Existe una tendencia a presentar el flamenco histórico únicamente desde la solemnidad.
Pero el flamenco también estuvo lleno de humor.
Y pocas figuras lo representan mejor que Pericón.
Muchas de sus historias resultan divertidas, aunque detrás de ellas aparezcan condiciones de vida extremadamente duras. El hambre, la falta de trabajo o la precariedad podían terminar convertidas en anécdotas porque el humor funcionaba también como mecanismo de supervivencia.
Pericón podía reírse incluso de su propia mala fortuna.
Eso no significa que aquella realidad fuera sencilla.
Significa que había aprendido a enfrentarse a ella mediante una inteligencia profundamente popular.
Esa dimensión resulta fundamental para comprenderlo.
No era un cómico que además cantaba.
Era un flamenco capaz de descubrir que la gracia también podía contener verdad.
Entre la tradición y los nuevos escenarios
Su carrera atravesó varias etapas del flamenco profesional.
Vivió todavía los últimos ecos de los cafés cantantes, conoció el desarrollo de la ópera flamenca y posteriormente participó en una época en la que tablaos, festivales y grabaciones discográficas comenzaron a modificar profundamente la forma de trabajar de los artistas.
Pericón supo adaptarse.
Participó en espectáculos, trabajó en distintos escenarios y dejó grabaciones que permiten conservar una parte importante de su repertorio.
Pero nunca pareció convertirse en un artista diseñado según las exigencias de una industria.
Conservó algo profundamente artesanal.
Incluso delante de un micrófono seguía pareciendo un hombre cantando para quienes tenía delante.
Un cantaor que no necesitaba exagerar
Quizá la palabra que mejor define su manera de cantar sea naturalidad.
Pericón conocía los estilos y sabía perfectamente cómo construirlos, pero nunca transmitía la sensación de estar demostrando conocimiento.
Eso resulta especialmente difícil.
Un cantaor puede poseer una enorme cultura flamenca y, sin embargo, convertirla en exhibición. Pericón hacía lo contrario: utilizaba todo lo que sabía para que el cante pareciera sencillo.
Esa sencillez aparente es una de las formas más sofisticadas del arte.
En sus alegrías y tangos puede percibirse especialmente esa cualidad. La música avanza sin rigidez, las palabras encuentran su sitio y todo parece desarrollarse con la misma espontaneidad de una conversación entre amigos.
Cádiz perdió un hombre y conservó una voz
Pericón de Cádiz falleció en Madrid en 1980.
Para entonces, el flamenco que había conocido durante su juventud había cambiado profundamente. Muchos de los personajes sobre los que hablaba habían desaparecido y los antiguos espacios donde había aprendido a cantar pertenecían ya a otra época.
Pero parte de aquel mundo sobrevivió gracias a él.
En sus grabaciones permanecieron los cantes.
En sus recuerdos permanecieron los nombres.
Y en sus historias quedó conservada una determinada forma gaditana de enfrentarse a la vida.
Por eso su importancia no puede medirse únicamente desde la discografía.
Pericón fue también un archivo humano.
Cuando la memoria tiene compás
Hoy resulta especialmente valioso regresar a su figura porque vivimos en una época donde casi todo queda registrado inmediatamente.
El mundo de Pericón funcionaba de manera muy diferente.
Una soleá podía sobrevivir porque alguien la recordaba.
Una historia podía desaparecer cuando moría quien la conocía.
Una determinada manera de cantar podía perderse simplemente porque nadie había tenido ocasión de grabarla.
Él perteneció a la última gran generación que todavía vivió plenamente esa cultura de transmisión oral.
Y por eso escuchar sus cantes y leer sus recuerdos produce una sensación extraña: parece que alguien hubiera dejado abierta una puerta hacia un Cádiz que ya no existe.
Pericón de Cádiz: cantar para que nada desaparezca
Tal vez ése sea finalmente su verdadero legado.
Pericón no fue solamente un intérprete de alegrías, tangos o soleares. Fue una de esas figuras que conectaron directamente el flamenco antiguo con las generaciones posteriores.
Escuchó.
Aprendió.
Cantó.
Y contó.
Gracias a él conocemos no sólo músicas, sino también personajes, formas de hablar y maneras de sobrevivir que difícilmente habrían llegado hasta nosotros de otra forma.
Pericón de Cádiz convirtió la memoria en cante y la experiencia en relato. Su voz conserva el compás de una ciudad, pero sus historias conservan algo todavía más difícil de grabar: la forma en que aquella gente entendía la vida. Y por eso, cuando hoy volvemos a escucharlo, no estamos oyendo únicamente a un cantaor. Estamos escuchando hablar al viejo Cádiz.
