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Pansequito, la libertad del cante

22/08/2026 · José Manuel Soria
Pansequito, la libertad del cante

Pansequito, la libertad de una voz irrepetible

Hay cantaores cuya grandeza reside en conservar escrupulosamente unas formas aprendidas y otros que, después de conocerlas, encuentran dentro de ellas su propio camino. Pansequito perteneció a esta segunda estirpe.

José Cortés Jiménez poseía una de esas voces que apenas necesitan unos segundos para ser reconocidas. Su manera de alargar los tercios, alterar aparentemente el tiempo para regresar después al compás, quebrar una frase o elevarla hasta lugares inesperados hizo de él uno de los cantaores con mayor personalidad de la segunda mitad del siglo XX.

Pansequito no necesitaba parecerse a nadie.

Y quizá ahí se encuentre una de las claves de su importancia.

Nacido en La Línea de la Concepción (Cádiz) el 8 de enero de 1945, pasó parte de su infancia entre Sevilla y El Puerto de Santa María, ciudad que marcaría profundamente su vida y de la que tomaría el nombre artístico con el que comenzó a ser conocido: Pansequito del Puerto. En 2001, El Puerto de Santa María acabaría nombrándolo hijo adoptivo.

Un cantaor destinado a encontrar su propio camino

El flamenco apareció muy pronto en su vida.

En El Puerto comenzó a relacionarse con aficionados y ambientes flamencos hasta que sus facultades lo llevaron a los tablaos de Málaga. Allí empezó verdaderamente su carrera profesional.

Pero hubo un encuentro que cambió su destino.

En 1963, Manolo Caracol reparó en aquel joven cantaor y lo contrató para Los Canasteros, el tablao que había abierto en Madrid. Para un artista que comenzaba su carrera, entrar en la casa artística de una personalidad como Caracol suponía acceder directamente a uno de los grandes escaparates del flamenco de la época.

Pansequito respondió demostrando que tenía mucho más que facultades.

Tenía personalidad.

Y en el flamenco esa diferencia resulta decisiva.

Madrid, Camarón y una generación extraordinaria

Después de Los Canasteros llegaría Torres Bermejas, otro de los grandes tablaos madrileños, donde coincidió con Camarón de la Isla.

Ambos pertenecían a una generación excepcional de artistas que comenzó a modificar la manera de entender el cante durante las décadas de los sesenta y setenta. Junto a figuras como Juan Peña El Lebrijano o Rancapino, Pansequito representó una época en la que tradición y personalidad individual comenzaron a convivir con especial intensidad.

Cada uno desarrolló su propio lenguaje.

El de Pansequito se construyó sobre una libertad expresiva extraordinaria.

Parecía cantar sin estar sometido al tiempo y, sin embargo, sabía perfectamente dónde estaba el compás. Podía retrasar una palabra, estirar un tercio, suspender momentáneamente una frase y resolverla después con absoluta naturalidad.

Esa manera de interpretar se convirtió en su firma.

La libertad dentro del compás

Escuchar a Pansequito obliga a prestar atención no solamente a qué canta, sino a cómo administra el tiempo mientras canta.

Poseía una voz poderosa, metálica en algunos momentos y extraordinariamente flexible en otros. Pero lo verdaderamente singular era la utilización que hacía de ella.

Pansequito podía acariciar un tercio antes de quebrarlo.

Podía iniciar una frase casi conversada y terminarla convertida en un grito flamenco.

Podía alejarse aparentemente de la melodía tradicional y regresar a ella justo cuando parecía imposible.

Era libertad, pero nunca arbitrariedad.

Detrás se encontraba un profundo conocimiento intuitivo del cante.

El propio Instituto Andaluz del Flamenco ha destacado la personalidad de su garganta y la importancia de su forma cantaora para comprender parte de la evolución del flamenco contemporáneo.

Antonio Gades y los escenarios internacionales

Su carrera no quedó limitada al circuito de tablaos.

Entre 1969 y 1970 formó parte de la compañía de Antonio Gades, una experiencia que le permitió recorrer escenarios internacionales y cantar en distintos países de Europa y América.

Aquellos años resultaron fundamentales para una generación de flamencos que comenzaba a comprobar cómo este arte podía abandonar sus espacios tradicionales y presentarse ante públicos completamente distintos.

Pansequito tenía precisamente una cualidad que funcionaba en cualquier escenario: una presencia artística imposible de ignorar.

No necesitaba grandes gestos.

Le bastaba abrir la boca.

El premio a la creatividad que definió una carrera

En 1974 llegó uno de los reconocimientos más significativos de su trayectoria: el Premio a la Creatividad del Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba.

El nombre del galardón parecía hecho expresamente para él.

Porque si algo definía a Pansequito era precisamente la creatividad.

Su cante partía de estructuras tradicionales, pero nunca sonaba rutinario. Cada interpretación podía incorporar pequeñas alteraciones, nuevas maneras de colocar una frase o una resolución inesperada.

El premio reconocía así algo que los aficionados ya percibían: había aparecido un cantaor distinto.

Pansequito y Paco Cepero: un encuentro fundamental

A lo largo de su carrera estuvo acompañado por algunos de los guitarristas más importantes del flamenco.

Juan Habichuela, Pepe Habichuela, Enrique de Melchor, Tomatito, Gerardo Núñez o Parrilla de Jerez figuran entre los grandes tocaores que compartieron música con él.

Pero existe un nombre particularmente ligado a Pansequito: Paco Cepero.

El guitarrista jerezano encontró en aquella voz libre un terreno extraordinario para construir acompañamientos de enorme belleza. Entre ambos existía entendimiento, compás y una capacidad excepcional para dejar respirar los cantes.

Aquella asociación dejó algunas de las páginas discográficas más recordadas de su carrera.

Fandangos, soleares y bulerías con sello propio

Aunque Pansequito abordó numerosos estilos, determinados palos permitían reconocer especialmente bien sus cualidades.

Sus fandangos estuvieron cargados de personalidad. En ellos podía recrearse en los tercios, modificar las intensidades y jugar con los silencios antes de resolver cada frase.

En las soleares, su voz encontraba espacio para desarrollar aquella peculiar elasticidad expresiva.

Y en las bulerías aparecía otra de sus grandes virtudes: el compás.

Porque Pansequito podía parecer libre hasta el límite, pero jamás perdía el sentido rítmico.

Esta combinación convirtió su forma de cantar en una escuela prácticamente imposible de copiar. Podían imitarse algunos giros, pero reproducir el conjunto resultaba mucho más difícil.

Pansequito solamente podía sonar verdaderamente a Pansequito.

Una discografía construida desde la personalidad

Su producción discográfica acompañó buena parte de aquella evolución artística.

Durante décadas registró cantes acompañado por grandes guitarristas y fue dejando documentos que permiten seguir los cambios de una voz y, al mismo tiempo, comprobar la permanencia de su personalidad.

Entre sus trabajos de las últimas décadas destacó A mi bahía, publicado en 2001.

Pero posiblemente uno de los discos que mejor resume al Pansequito maduro sea Un canto a la libertad, aparecido en 2009.

El título parecía nuevamente describir al artista.

En aquel trabajo participaron músicos y cantaores de diferentes generaciones, entre ellos Moraíto, Miguel Poveda y Raimundo Amador, demostrando además la capacidad de Pansequito para dialogar con un flamenco que había cambiado enormemente desde sus primeros años profesionales.

El reconocimiento de los grandes

Con el paso de los años fueron llegando numerosos reconocimientos.

Además del Premio a la Creatividad de Córdoba, obtuvo el Premio Nacional de la Cátedra de Flamencología de Jerez.

En 2010 recibió el XXIV Compás del Cante, uno de los galardones más prestigiosos del flamenco.

Ese mismo año obtuvo además el Giraldillo al Cante de la Bienal de Flamenco de Sevilla, reconocimiento vinculado precisamente a Un canto a la libertad.

No se premiaban únicamente décadas de trayectoria.

Se reconocía una manera de cantar.

Pansequito y Aurora Vargas

En su vida personal y artística tuvo especial importancia la cantaora sevillana Aurora Vargas, con quien estuvo casado y con quien compartió también escenarios.

Ambos representaban dos personalidades flamencas poderosísimas.

Aurora, con su explosividad y su sentido festero; Pansequito, con esa forma de estirar y moldear el cante hasta convertir cada interpretación en algo propio.

Su relación convirtió a la pareja en una de las imágenes reconocibles del flamenco de las últimas décadas del siglo XX y comienzos del XXI.

Un clásico que nunca dejó de ser moderno

Hay artistas que fueron revolucionarios durante algunos años y terminaron convertidos en recuerdo de aquella revolución.

A Pansequito le ocurrió algo diferente.

Su manera de cantar siguió sonando personal incluso cuando aparecieron generaciones mucho más jóvenes.

Quizá porque nunca intentó ser moderno.

Intentó ser él mismo.

Durante sus últimos años continuó participando en festivales y recitales, convertido ya en una referencia para artistas y aficionados. Cuando subía al escenario no necesitaba demostrar nada. Su historia estaba escrita.

Pero seguía existiendo aquella incertidumbre maravillosa de sus mejores noches: nadie sabía exactamente cómo iba a resolver el siguiente tercio.

El último cante

Pansequito falleció el 17 de febrero de 2023 a los 78 años, después de una enfermedad diagnosticada meses antes.

Su muerte provocó una profunda reacción dentro del mundo flamenco. Desaparecía uno de los últimos grandes representantes de aquella extraordinaria generación que había convivido con Camarón, El Lebrijano, Rancapino y tantas figuras fundamentales de la segunda mitad del siglo XX.

Se marchaba el hombre.

Quedaba el eco.

El legado de una voz imposible de copiar

El lugar de Pansequito dentro de la historia del flamenco no depende únicamente de premios, discos o actuaciones.

Su mayor legado posiblemente sea haber demostrado que la tradición flamenca permite una libertad enorme cuando quien la interpreta conoce verdaderamente sus códigos.

Pansequito podía deformar aparentemente una melodía sin destruirla.

Podía retrasar el tiempo sin perderlo.

Podía convertir una respiración en parte del cante.

Y podía hacer que un estilo interpretado durante generaciones volviese a parecer nuevo.

Eso solamente está al alcance de los grandes.

Hoy sus grabaciones permiten regresar a aquel sonido inconfundible. Una voz áspera y dulce al mismo tiempo, llena de quiebros, silencios y caminos inesperados.

Una voz que parecía caminar siempre al borde del precipicio sin llegar jamás a caer.

Porque Pansequito no solamente cantaba flamenco: encontraba dentro del flamenco un espacio propio de libertad.

Y por eso, muchos años después de sus primeras actuaciones y tras su desaparición, basta escuchar unos pocos tercios para reconocerlo.

No hace falta anunciar su nombre.

Está cantando Pansequito.