Ana Blanco Soto, Tía Anica la Piriñaca, fue una de las grandes depositarias de la memoria flamenca de Jerez. Su voz áspera, antigua y estremecedora convirtió la seguiriya, la soleá y la bulería en testimonio de una vida marcada por el trabajo, la necesidad y una manera de entender el cante que difícilmente puede aprenderse en una escuela.
Hay artistas que hacen carrera y hay artistas que se convierten en memoria. Tía Anica la Piriñaca perteneció a los segundos.
No necesitó una juventud de teatros, compañías ni grandes carteles para ocupar un lugar fundamental en la historia del flamenco. Cuando comenzó a ser conocida fuera de los círculos jerezanos llevaba toda una vida escuchando, aprendiendo y, sobre todo, viviendo aquello que después saldría de su garganta.
Porque en Tía Anica el flamenco no parecía interpretado. Parecía recordado.
Ana Blanco Soto, una hija del Jerez más flamenco
Ana Blanco Soto nació en Jerez de la Frontera el 11 de abril de 1899 y murió en la misma ciudad el 4 de noviembre de 1987.
Su historia está inevitablemente unida al barrio de Santiago, uno de esos territorios esenciales para comprender la formación y transmisión del flamenco jerezano.
Su infancia y juventud transcurrieron además en contacto con el mundo campesino. Los cortijos, las faenas agrícolas, las reuniones después del trabajo y aquellas voces que cantaban sin pensar que estaban conservando un patrimonio artístico fueron su primera escuela.
Allí el flamenco todavía no era necesariamente espectáculo.
Era convivencia.
Era una forma de contar la pena y la alegría, de acompañar el trabajo, de reunirse alrededor de una candela y de transmitir de unos a otros unos cantes que apenas necesitaban otra partitura que la memoria.
En ese ambiente se fue formando el oído de aquella muchacha que muchos años después sería conocida por todos como Tía Anica la Piriñaca.
Una escuela llamada Santiago
Su aprendizaje estuvo relacionado con algunos de los nombres fundamentales del antiguo cante jerezano.
En su memoria quedaron los ecos de Tío José de Paula, Antonio Frijones, Juanichi el Manijero y otros intérpretes pertenecientes a una época en la que los estilos se transmitían directamente entre cantaores, familias y reuniones.
También conoció el universo artístico que representaba Manuel Torre.
Aquello convirtió a Tía Anica en algo especialmente valioso: un puente entre generaciones.
Cuando décadas después investigadores, aficionados y artistas comenzaron a escucharla con atención, descubrieron que aquella mujer conservaba formas de cantar procedentes de una tradición mucho más antigua.
Su importancia, por tanto, no reside únicamente en cómo cantaba.
También en lo que conservó.
A través de su voz sobrevivieron maneras de abordar la seguiriya, la soleá y otros estilos vinculados a grandes nombres de la tradición jerezana.
El silencio después del matrimonio
La trayectoria de Tía Anica contiene además una circunstancia que hoy resulta especialmente reveladora sobre la situación de muchas mujeres de su generación.
Cuando contrajo matrimonio, dejó prácticamente de cantar porque su marido no quería que desarrollara esa actividad.
Durante años, aquella voz quedó apartada de cualquier posible carrera artística.
No desapareció el cante.
Desapareció el escenario.
Tía Anica continuó viviendo una existencia humilde, dedicada a su familia y enfrentándose a las dificultades económicas propias de aquellos años.
Tras quedar viuda, a comienzos de los años cincuenta, su situación cambió.
Necesitaba sacar adelante a sus hijos y volvió a hacer aquello que llevaba dentro desde niña:
cantar.
Primero lo hizo en reuniones, ventas y fiestas particulares. Poco a poco comenzó a abrirse camino en los ambientes flamencos de Jerez.
Era una artista tardía según las reglas de la industria.
Pero llegaba al escenario con algo que ningún conservatorio podía proporcionarle: más de medio siglo de vida convertido en cante.
Antonio Mairena y el descubrimiento de una voz antigua
La figura de Antonio Mairena resultaría importante para que el arte de Tía Anica alcanzara una mayor difusión.
Durante los años cincuenta comenzó a ser reconocida fuera de los círculos donde tradicionalmente había cantado y posteriormente participaría en grabaciones y encuentros flamencos que permitieron conservar parte de su repertorio.
Su presencia en la Antología del cante flamenco y cante gitano, vinculada a Antonio Mairena, contribuyó a que aquella voz jerezana pudiera llegar a aficionados que nunca habían tenido oportunidad de escucharla en las ventas y reuniones donde había desarrollado buena parte de su arte.
Con los años llegaron festivales, recitales, homenajes y grabaciones.
Pero Tía Anica nunca perdió esa sensación de cantaora perteneciente a otro tiempo.
La seguiriya: el territorio de Tía Anica
Aunque cultivó diferentes estilos, su nombre quedó especialmente unido a la seguiriya.
También dejó interpretaciones memorables por soleá, martinete y bulerías, pero era en los cantes más dramáticos donde su personalidad parecía alcanzar una dimensión extraordinaria.
Su voz no buscaba la belleza convencional.
Buscaba otra cosa.
Verdad.
Tenía aspereza, quiebro, edad, heridas.
Y precisamente por eso emocionaba.
Escuchar a Tía Anica cantar por seguiriyas permite comprender una de las grandes diferencias entre ejecutar correctamente un estilo flamenco y habitarlo.
Ella lo habitaba.
Cada tercio parecía proceder de un lugar situado mucho más atrás que la propia cantaora.
«Cuando canto a gusto, me sabe la boca a sangre»
Existe una frase que terminó convirtiéndose prácticamente en la definición artística de Tía Anica la Piriñaca:
«Cuando canto a gusto, me sabe la boca a sangre».
La sentencia quedó vinculada para siempre a su figura y fue recogida en el entorno de escritores y estudiosos como José Manuel Caballero Bonald.
No resulta difícil entender por qué aquella frase ha sobrevivido durante décadas.
Probablemente pocas palabras expliquen mejor una determinada concepción del cante jondo.
Tía Anica no hablaba de técnica.
Ni de afinación.
Ni de repertorio.
Hablaba de una sensación física.
Del esfuerzo de sacar el cante desde un lugar tan profundo que cantar podía convertirse casi en una herida.
Aquella boca que sabía a sangre terminó siendo una de las imágenes más poderosas de toda la literatura flamenca.
Una discografía pequeña para un legado enorme
Su incorporación tardía a la vida profesional explica que su discografía no pueda compararse en extensión con la de otros grandes nombres del siglo XX.
Pero su valor documental es extraordinario.
Entre sus trabajos encontramos grabaciones históricas y discos como Siempre Jerez, realizado junto a El Borrico, además de trabajos posteriores como 4 veces veinte años y Por el aire de Santiago.
Su figura alcanzó también una extraordinaria difusión gracias a la televisión.
Especialmente valiosa es su aparición en Rito y geografía del cante, la histórica serie documental de Televisión Española que hoy constituye uno de los grandes archivos audiovisuales para conocer a los maestros del flamenco del siglo XX.
Ver a Tía Anica cantar permite descubrir algo que el disco no puede mostrar completamente: sus gestos, su manera de esperar el toque, el pañuelo en la mano, el rostro transformándose mientras el cante va tomando cuerpo.
Los últimos años de una leyenda
Con el paso del tiempo, aquella mujer que durante décadas había permanecido prácticamente desconocida para el gran público terminó convertida en una referencia.
Llegaron los reconocimientos.
La Cátedra de Flamencología de Jerez le tributó homenaje y la Fiesta de la Bulería de 1985 estuvo dedicada a su figura.
También participó en diferentes espectáculos y encuentros que permitieron a generaciones más jóvenes conocer directamente su cante.
Poco antes de su muerte apareció además un documento fundamental para acercarse a su personalidad: Yo tenía mu güena estrella, obra realizada por José Luis Ortiz Nuevo a partir de sus recuerdos y testimonios.
Tía Anica murió en Jerez el 4 de noviembre de 1987, a los 88 años.
Se marchaba una mujer.
Pero también desaparecía una de las últimas conexiones directas con una forma de transmisión flamenca que había comenzado mucho antes de la industria discográfica, la televisión y los grandes festivales.
Tía Anica no cantaba el pasado: lo llevaba dentro
Reducir a Tía Anica la Piriñaca a la categoría de cantaora histórica sería quedarse corto.
Su verdadera importancia está en haber funcionado como depositaria de una memoria.
En su voz convivían Santiago, los campos de Jerez, las reuniones familiares, las ventas, las madrugadas flamencas y los ecos de cantaores que habían desaparecido mucho antes de que alguien pensara seriamente en documentarlos.
Por eso escucharla hoy continúa siendo una experiencia diferente.
No encontramos una voz perfecta.
Encontramos algo mucho más difícil de conservar:
una voz verdadera.
Una garganta donde la seguiriya todavía era lamento, donde la soleá tenía peso y donde la bulería conservaba ese inconfundible compás de Jerez.
Tía Anica comenzó tarde su carrera profesional.
Quizá por eso resulta aún más extraordinario pensar que terminó llegando tan lejos.
Desde la humildad de los campos y las calles de Jerez hasta ocupar un lugar permanente en la historia del flamenco.
Y todavía hoy, cuando vuelve a sonar una de sus seguiriyas, parece posible comprender aquella frase que dejó escrita para siempre su mejor biografía:
cuando Tía Anica cantaba a gusto, la boca le sabía a sangre.